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domingo, 7 de agosto de 2011

Medicina, sexo y poder. (Dr. Francisco Maglio)


Siguiendo la costumbre oriental milenaria, y quizás por eso sabia, comentaré el título leyéndolo de derecha a izquierda. Reflexionaré primero sobre el poder, después lo haremos sobre el sexo, para finalizar en la medicina.
El poder
El gran filósofo del poder fue Nietszche más que Marx, así lo entiende Foucault cuando afirma que no hay un poder único y macro que domine al resto, sino más bien "redes de poder" que traman todo el tejido social, reproduciéndose en focos múltiples que a su vez originan más poder. Gramsci introduce el concepto de "hegemonías" como categoría, que da cuenta de relaciones interactivas que se articulan entre sectores dominantes y subalternos en una negociación para apoderarse de cuotas desiguales de poder.  Esta articulación es a la vez conflictiva y dialéctica y alternándose en instancias de acuerdo y de presión, se va configurando a través de mecanismos  ideológicos, políticos y económicos. El poder no es un medio, es un fin en sí mismo; los poderosos gozan con él, no lo buscan para "conseguir" algo, sino como un fin último, como un objetivo al que hay que alcanzar a pesar de todo y caiga quién caiga; la estrategia es obtener cada vez más poder y la táctica es utilizar cualquier medio para lograrlo. Maquiavelo aconsejaba al Príncipe: "Governare é piú bello que fornicare". 
Aquí ya encontramos una relación del poder con la sexualidad, relación que va a desarrollar prolijamente Foucault al describir las tecnologías políticas del poder. Éstas comprenden las "anatómicas, como sistema de control individual y las "biológicas"como mecanismos de control social, usando el poder de la sexualidad como "bisagra" disciplinaria entre ambas. Volveré sobre esto más adelante.
El sexo
Conviene distinguir cuatro contenidos: el sexo fisiológico, el género, la orientación sexual y el erotismo. Con respecto al primero es de destacar que existen cuatro criterios para su diagnóstico: gonadal, genético, hormonal y morfológico. Ahora bien, en el momento de nacer no se hallan completa y armónicamente desarrollados, ya que ello ocurre entre los cuatro y cinco años de edad con la maduración neurológica del sistema límbico (entre otros). Esto se produce en el 99,99 % de los casos, pero en el 0,01 % restante la naturaleza se "equivoca" entra en la zona turbulenta del "caos" (recordemos con Lorenz y Prigogine, que el cerebro funciona como sistema "complejo") y da lugar en consecuencia la transexualismo, el "cuerpo equivocado", una mujer en el de un hombre, menos frecuentemente, el de un hombre en el de una mujer. Esta situación está agravada por el hecho de haber sido educados y socializados durante años en el sexo contrario, ya que al nacer, una interpretación más que una descripción de la realidad, les dio una "impronta" social y jurídica para toda la vida.
Estas personas son estigmatizadas y descalificadas moralmente como 
"degenerados y perversos" por estamentos del poder, al cual lo único que le importa es el control y el disciplinamiento.
En cuanto al género, remite a una categoría de construcción social de 
"femenino" y "masculino" y como toda construcción de esta naturaleza está producida y reproducida desde relaciones desiguales de poder y otorgando sentidos de orden moral con efectos de normatividad social, disciplinamiento y estigmatización, de tal manera que "lo femenino" se construye desde el poder masculino, articulando con sectores subalternos del campo femenino, algo así como aquello de "los nenes con los nenes y las nenas con las nenas". Cuando un conocido hombre público de la política argentina mandó "a lavar los platos" a una socióloga, investigadora del CONICET, porque los resultados de sus investigaciones no concordaban con la ideología dominante, no estaba haciendo otra cosa que poner de manifiesto esta "construcción social del género". Como bien esclarecía Simone de Beauvoir, "la mujer se hace, no nace".
El famoso cupo del 30% en las listas políticas de candidatos pone de 
manifiesto la ya referida categoría de la hegemonía como articulación 
interactiva entre dominadores y sectores subalternos para la apropiación de porciones desiguales de poder: El mínimo del 30% se convierte, operativamente, en el máximo del 30%, legitimando el 70% masculino. Resulta así significativo que en la reforma educativa se haya eliminado de la currícula el término "género" y reemplazado por "sexo". Los estudios antropológicos nos demuestran que el género no es "fisiológico" ni "unívoco", no es lo mismo en una cultura que en otra, no es lo mismo ser mujer en Buenos Aires que en Tokio, más aún, también difieren por ejemplo en la misma Buenos Aires entre el ámbito universitario y el de una villa miseria.
Cuando una sociedad califica a cada sexo con particularidades psicosociales fijas y determinantes, tiene serios problemas de clasificación cuando alguien se aparta de ese estereotipo y entonces se "construye" al diferente, al otro, al "desviado" y de allí a la estigmatización y exclusión social hay un solo paso, fácilmente franqueable. Algo similar ocurre con el otro contenido del sexo, la orientación sexual, esto es, el objeto del deseo, también definido moralmente. Una doble moral, reaccionaria y autoritaria, descalifica y discrimina a aquellos cuya orientación sexual no es la que marca "la moral y las buenas costumbres" tratándolos como enfermos, perversos o desviados. Es una doble moral, porque por un lado pontifican y por otro son asiduos "clientes" de travestis, como lo demuestran investigaciones antropológicas tanto en nuestro país como en otros.
La homofobia (rechazo social a la homosexualidad) no es más que una forma de racismo, ya que no es el judío el perseguido, sino los homosexuales y las lesbianas.
No se trata de hacer una apología de determinadas orientaciones, ya sean hetero u homosexuales, sino de una convivencia armónica entre los que se consideran diferentes. No se trata de hacer desaparecer las diferencias, sino más bien en tratarlas como convivencias culturales y no construirlas como desigualdades sociales. Al respecto cabe citar la definición de la Organización Mundial de la Salud en el informe técnico Nro. 572, cuando dice: "Salud sexual es la integración de los elementos somáticos, emocionales, intelectuales y sociales del ser sexual por medios que sean positivamente enriquecedores y que potencien la personalidad, la comunicación y el amor".
Como vemos, en ningún momento se menciona la orientación sexual; esto es así porque en la medida en que la elección de dicha orientación sea libre y responsable, será sana, independientemente del objeto del deseo. Aquellos que discriminan "demonizando" a los homosexuales, convendría recordarles que según su criterio, se le impediría enseñar pintura a Leonardo Da Vinci, literatura a Marcel Proust o estrategia militar a Alejandro Magno. Con respecto al último contenido del sexo, el erotismo, conviene diferenciarlo de la erotomanía.
El primero es producto de la seducción, del encuentro, el "sentido" es el otro. Determina una sexualidad responsable, enriquecedora, placentera y liberada de prejuicios. Por el contrario, la erotomanía resulta del exhibicionismo, de individualidades; el sentido no está en el otro, sino en el placer mismo y ya advertía Freud en "Más allá del principio del placer" que cuando éste está permanentemente investido por el acto y no por el otro, el placer se vuelve maníaco, es el placer que vacía de placer y entonces aparece la angustia.
Azucena Maizani en su tango "Pero yo sé" lo retrata en un fresco sin igual cuando trova: "Pero yo sé que de madrugada/ cuando la farra dejás/ sentís el pecho oprimido/ por un recuerdo querido/ y te ponés a llorar".
Cuando el erotismo es compulsivo, actuado y desafectivizado aparece la 
erotomanía y si la mercantilizamos se convierte en pornografía. Es un error prohibirla porque es como un estímulo para su consumo, ya que, como decía San Agustín en "Confesiones": "la prohibición aumenta el deseo de lo ilícito", quizás inspirado en las palabras de San Pablo a los corintios "La fuerza del pecado está en la ley que lo prohibe".
La Medicina
Acertadamente manifestaba Maimónides en el siglo XII d. C.: "la medicina debe señalar lo beneficioso y alertar sobre lo dañino pero no debe obligar a lo primero ni condenar lo segundo". Esclarecedora sentencia que se anticipa 800 años al médico como "empresario moral". La moral en medicina debe servirnos y guiarnos para ser justos con los pacientes, pero no para convertirnos en jueces de ellos.
Finalmente, una consideración sobre en qué forma la medicina, más bien 
dicho, un modelo médico hegemónico que no representa a la medicina 
científica ni a todos los médicos, articula con gran eficiencia el poder con la sexualidad, para que ésta sea funcional" para los sectores reaccionarios e ideológicamente dominantes y opresores.
Sirva a tal fin la transcripción de una carta que envié oportunamente al Comité de Redacción de la revista "Actualizaciones en SIDA", la cual fue publicada en el número de marzo de 1997. "Sabido es que las enfermedades de transmisión sexual ( ETS) se denominaban anteriormente enfermedades venéreas y como reivindicación a justos reclamos de movimientos feministas (porque no llamarlas enfermedades apolíneas, argumentaban con razón) pasaron a la denominación actual".
Creo que ha llegado el momento de otro cambio, ahora en reivindicación de la sexualidad, esa extrema plenitud como "reflejo del gozo infinito de Dios" en palabras de Santo Tomás de Aquino (Summa Teológica, I, 98, 2). Acertadamente expresaba Wilheim Reich en su polémica obra «Listen Little Man» (Londres, Souvenir, 1972): "La sexualidad orientada al abrazo amoroso es fuente de felicidad y un camino a la libertad; más aún, es un reaseguro contra el poder, porque una persona feliz y libre está liberada de las ansias de poder".
La medicalización de la sexualidad, por el contrario, reduciéndola a números de contactos y a riesgos de embarazos y de transmisión de enfermedades, la descontextualiza de la historia, de la cultura, del complejo deseo-placer y, lo que es peor, la descontextualiza de ese "abrazo amoroso" que invocaba Reich.
Una epidemiología intervencionista, modelada hegemónicamente por un discurso pedagógico - disciplinar, la convierte en instrumento de control y de normalidad social con las consecuentes discriminaciones y estigmatizaciones que todos conocemos desde este modelo, "enfermedades de transmisión sexual" son construidas como "enfermedades de transgresión moral". Por otra parte, si nos atenemos a la realidad científica, la verdadera vía de transmisión son los "contactos genitales no protegidos adecuadamente" y no "la sexualidad". Invocar a ésta como transmisión es tan descabellado como llamar a las enfermedades por vía aérea, "enfermedades transmitidas por la palabra". Por todo ello, propongo cambiar el nombre de las ETS por "enfermedades de transmisión genital", porque la sexualidad solamente transmite placer, solamente transmite amor." 

martes, 8 de febrero de 2011

Medicina - Etica y otras yerbas.

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El otro lado de las sensaciones del paciente




17 NOV 09 | Dr. Francisco Paco Maglio
¿Y si al interrogatorio le sumamos el “escuchatorio”?
¿Qué nos está sucediendo en la relación médico-paciente? ¿Qué cambia? ¿Qué se pierde, qué se gana? ¿Quién se anima a escuchar "historias de vida" y no sólo "hisotrias clínicas"?





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ÍNDICE




Carta al lector desprevenido
Un texto para que usted distribuya entre todos sus colegas, amigos, pacientes. El autor de un libro imprescindible, "La necesidad del “otro” - Francisco "Paco" Maglio - nos acompaña a reflexionar sobre el tema. Entre tanta información impersonal y ajena IntraMed le ofrece una isla repleta de afecto y pasiones humanas que rescatan los motivos que justifican ser médico, incluso hoy, inclusa acá. ¡No se lo pierda!

Por Dr. Francisco Paco Maglio 
Decía Lain Entralgo que la relación médico-paciente (RMP) es el encuentro entre dos menesterosos, dos necesitados, uno que quiere curar y otro que quiere que lo curen (1)
Enfocada esta relación solamente en la necesidad del “curar” obviando el “cuidar” (socráticamente la “tekné” y el “medeos” respectivamente), resulta alienante tanto para el médico como para el paciente.La RMP se “tecnologiza” y se “despersonaliza”, por eso es alienante, desparece el “otro” como persona.Para el paciente, el médico es un técnico con guardapolvo que extiende recetas y para el médico, el enfermo es un “libro de texto”, con signos y síntomas que hay que interpretar y codificar
En este tipo de RMP desaparece la “otredad” humanizada, son dos “yoidades" despersonalizadas, un (des)encuentro. Desaparece aquel concepto de enfermo de Miguel de Unamuno(2): “un ser humano de carne y hueso que sufre, piensa, ama y sueña". Esta despersonalización lleva al desgaste, al desánimo y a la desesperanza, tríada característica del burnout.
Esta “medicina basada en la evidencia”(3) en la que el paciente es un dato estadístico y el médico un administrador, más allá de su eventual valor técnico-científico, la debemos “des-alienar” con una “medicina basada en la narrativa” (MBN) que no se opone a la visión médico-técnica sino que la enriquece con la visión desde el paciente(4).
La MBN consiste básicamente en las subjetividades dolientes ( más que en las objetividades medibles), esto es, lo que el enfermo siente qué es su enfermedad, la representación de su padecimiento, la experiencia social de lo vivido human como enfermo.
A un adolescente con granos en la cara le decimos: “vos tenés acné” pero él siente vergüenza.
Cuando le decimos a un paciente, “vos tenés sida”, el siente discriminación.
Para la medicina basada en la narrativa, más que en el interrogatorio se necesita un “escuchatorio”, más que un “dígame” y un oir es un “cuénteme” y escuchar.
Un aforismo hipocrático ya lo manifestaba hace 2500 años: “Muchos pacientes se curan con la satisfacción que le produce un médico que los escucha” (5)
Con la MBN podemos desentrañar el verdadero proyecto de vida del paciente y esto es trascendental porque constituye el “motor” para vivir tanto en la salud como en la enfermedad.
En palabras de Nietzsche: “cuando se tiene un por qué vivir, se tolera cualquier cómo vivir” (5)
La narrativa en sí misma es terapéutica no sólo para el paciente sino también para el médico, porque al “re-personalizar” esa relación la “des-alieniza”, vuelven a ser dos personas, dos seres humanos en un encuentro de “inter-fecundadidad”.
Es la “yoidad” a través de la “otredad”. Como decía Levinas: “yo no soy el otro, pero necesito al otro para ser yo” (6)
Ya no serán “médico-robot” y “enfermo robot”, sino médico-persona y enfermo-persona. Renacerá el ánimo y la esperanza, desaparecerá el desgaste y en consecuencia también el burnout.Pacientes y médicos se sentirán útiles entre sí: RMP será una relación solidaria y “des-medicalizante”.Al sentirse kantianemente personas, tendrán dignidad y no precio, serán sujetos y no objetos, se convertirán en fines en sí mismos y no en medios.
“En los hospitales hay gente que se muere con hambre de piel”

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Relataré algunas experiencias personales con la MBN:
“Me siento leproso”
Un paciente afectado de Estafilodermia Psoriasiforme (el enfermo tiene profusión de escamas en todo el cuerpo) era rechazado ( debido a su aspecto) por familiares y amigos. Al preguntarle cómo se siente, me dijo: “me siento leproso”. Esa era la experiencia social de su padecimiento, más allá de lo biológico.
Al conocer esa narrativa me expliqué por qué la cortisona (medicación electiva) que estaba tomando hacia un mes, no surtía efecto.Una persona desafectivizada, excluida es un inmuno deprimido (la psicoinmunología lo ha demostrado) y con la cortisona se estaba deprimiendo más.Hablé con la familia y los amigos y les expliqué que hasta que no volvieran a comportarse con él como antes, con afecto y respeto, sobreponiéndose a la impresión de su aspecto, no se iba a curar. Así lo entendieron y actuaron.
A los diez días se había curado, manteniendo la cortisona. A la eficacia biológica se había agregado la eficacia simbólica, que la psicoinmunología ha demostrado que actúa por los mismos intermediarios inmuno-cito-químicos; no es simplemente sugestión.
“Doctor, me toma el pulso”
En una oportunidad una viejita (el diminutivo es cariñoso) me pidió que le tomara el pulso. Miré el cardioscopio y sin acceder a su pedido, le dije: “tranquila abuela, tiene 80, está muy bien”. Pero me seguía pidiendo que le tomara el pulso y ante su insistencia le pregunto por qué, ya que la máquina era muy confiable y me contestó: “es que aquí nadie me toca”. La palpábamos pero no la tocábamos.
Razón tenía Benjamin cuando dijo: “en los hospitales hay gente que se muere con hambre de piel”. En nosotros está saciarla.
Los proyectos de vida son fundamentales, a tal punto, que podemos afirmar que más allá del comienzo biológico de la enfermedad (el día que aparecen los primeros síntomas), en sentido antropológico nos enfrentamos el día en que debido a esos síntomas, se ve interrumpido nuestro proyecto de vida. Por el contrario, empezamos a “sanarnos” el día en que a pesar de esos síntomas podamos reiniciar dicho proyecto.
“Doctor, ¿me puede abrazar?”
Relataré algunas experiencias que avalan estas posturas
“Eto non é vita”
Don Antonio (italiano, 75 años) era un hombre sano, pero a requerimiento de su familia le hago un “chequeo”. Dada su edad los valores de laboratorio estaban un poco por encima de los normales, nada significativo. Como médico recién recibido y con poca experiencia, le indiqué un estricto “régimen higiénico-dietético” dentro del cual estaba la prohibición absoluta del alcohol.
A la semana, la familia me llama porque Don Antonio estaba enfermo y al revisarlo, realmente no estaba bien: hipotenso, adinámico, asténico. Cuando le pregunto cómo se sentía, me dice en un enternecedor cocoliche: “eto non é vita”. Como no le encontraba explicación, le pregunto a la familia si en esa semana había pasado algo que lo pusiera mal. Me dicen que desde que le instalé ese régimen no salía, y a dónde salía? pregunté. Me explicaron que todos los días invariablemente iba al bar de la esquina a tomar un “vermutino” con unos amigos veteranos de la guerra en Abisinia.Entonces comprendí: ese “vermutino” con los amigos era su proyecto de vida y al desconocerlo, mi prescripción se había convertido en una “proscripción”. Fue suficiente que volviera a esas salidas para que desaparecieran los antes mencionados síntomas.
“Ese es mi proyecto de vida”
A veces los pryectos de vida no son tan obvios y se necesita profundizar en la narrativa. Una buena estrategia es pedirle al paciente que nos relate un día habitual de su vida cuando estaba sano.
Un pastor protestante estaba en una unidad coronaria por un infarto agudo de miocardio con un angor inestable, asociación de gravísimo pronóstico.
En el relato a que nos referimos manifiesta lo siguiente: “Me levanto muy temprano, rezo, estudio, ordeno el templo (hablaba muy nervioso y angustiado, lo que se reflejaba en el cardioscopio por su gran inestabilidad eléctrica), y por la tarde vienen unos feligreses con los que tenemos un grupo de reflexión (a esta altura del relato se va calmando, no estaba tan nervioso, lo que se refleja también en el trazado elctrocardiográfico), y si viera, doctor, qué bien nos hacemos, yo a ellos y ellos a mí, pero ahora vaya a saber dónde están y yo aquí rodeado de tubos y aparatos” (vuelve a ponerse nervioso y también su co-relato en el cardioscopio). Le pregunto si ese grupo de reflexión era muy importante para él y después de pensar un poco me dice: “ahora que no lo puedo hacer me doy cuenta que ese es mi proyecto de vida”
Se localizó a ese grupo y dos veces por día, media hora, concurrían a la unidad coronaria y restablecieron aquel contacto. A los 3 días seguía el infarto pero había desparecido el angor inestable: Se había reintegrado a su proyecto de vida.
“No me dejen morir”
Teresita era una joven que a la mañana siguiente de su fiesta de 15 años amanece con una cuadriplejía por una poliomielitis. Estuvo once años en un pulmotor moviendo nada más que la cabeza. Nunca en mi vida profesional conocí a alguien tan aferrado a la vida. Había aprendido a dibujar con la boca y hacía tarjetas de Navidad que las mandaba al Hospital de Niños: era su proyecto de vida.
Un día se complicó con un cuadro abdominal agudo por una apendicitis. En esa época no existían los respiradores modernos que permiten que el paciente esté afuera del aparato; en el pulmotor estaba adentro y para revisar al enfermo se le ponía una campana con aire a presión cubriendo la cabeza. Este procedimiento permitía abrir el pulmotor pero por un lapso de no más de 15 á 20 minutos.
En esta situación la revisamos comprobando el abdomen agudo y ante la imposibilidad de la cirugía ( dado el escasísimo tiempo disponible) cruzamos nuestras miradas como diciendo: “Dios se apiadó de ella”. Cuando sacamos la campana y volvimos a poner a Teresita dentro del pulmotor me dijo (como adivinando nuestro pensamiento): “Paco, háganme todo, hasta lo imposible, pero no me dejen morir, mirá que los chicos del Hospital de Niños esperan mis tarjetas”.
Ante ese pedido, un cirujano, uno de los más brillantes que he conocido, se animó y la operó fuera del pulmotor (dentro era imposible) con la mencionada campana. La operación duró exactamente 12 minutos y Teresita vivió 7 años más, mandando sus tarjetas al Hospital de Niños.
“Doctor, ¿me puede abrazar?”
Tenía que dar la tristísima noticia a una mamá que su hijito de 7 años con un sida terminal (post-transfusional, al comienzo de la epidemia), se iba a morir. Dije la consabida frase “ya no hay nada que hacer” a lo que la mamá me contestó: “sí hay por hacer”. “Qué puedo hacer?” le pregunté y con lágrimas en los ojos me dijo: “Doctor, ¿me puede abrazar?”
Nunca volví a decir “no hay nada que hacer”, sino “ya no hay nada que tratar, como médico ya no puedo hacer nada, pero como persona, ¿puedo hacer algo por usted?” Y siempre se puede hacer algo. Cuando ya no hay “tekné”, siempre hay “medeos”.
Estamos (mal) acostumbrados a decidir por el paciente pensando que nuestras decisiones son las mejores, pero éstas pertenecen siempre al enfermo y no a nosotros, por mejor intencionados que estemos.
Ante un paciente terminal frecuentemente (y muchas veces a pedido de la familia) aumentamos la dosis de sedantes para que no sufra, para que “no se de cuenta”. Pero, ¿siempre es así?. En muchas ocasiones debemos tener el coraje (porque no es fácil) de avisarle al enfermo de sus últimos momentos.
En la Edad Media la gente elegía a un amigo que tenía la obligación de anunciarle su final. Le llamaban el “nuncius mortis”.
¿Por qué debemos proceder así?Porque la inminencia de la muerte es el momento reflexivo más trascendente de la vida, el momento de las grandes decisiones y no me refiero solamente a las testamentarias sino, más importante aún, las afectivas. En mi experiencia de años en terapia intensiva fueron muchos los pacientes que me decían: “cuando llegue el momento, no quiero sufrir pero quiero estar lúcido”
Relataré algunas de ellas:
“Llamen a un juez”
Un paciente en esas condiciones pidió: “llamen a un juez”. Vivía en concubinato hacía 10 años. Llegó el juez, llamó a su concubina y… se casó!!!! Me dijo: “recién ahora me atrevo”.
Falleció al día siguiente.
“Doctor, llame a este teléfono”
En similares circunstancias, un paciente me dio un nº de teléfono y me pidió que llamara y a la persona que atendiera le dijera que él estaba internado y quería verlo.
Cumplí su deseo y al rato llegó un señor corriendo preguntando dónde estaba el paciente. Fue a su cama, quedó inmóvil unos segundos y se entrelazaron en un estremecedor abrazo y lloraron un largo rato.. Cuando se fue, el paciente me llamó y me dijo: “Doctor, gracias por la gauchada de llamar por teléfono. El que se fue es mi hermano. Hace 15 años lo eché de mi casa, lo eché mal, yo tenía la culpa. Nunca tuve el coraje de pedirle perdón, ahora que sé que voy a morir, recién ahora me atreví a pedirle perdón y me perdonó”
Tuvo un gesto que nunca voy a olvidar. Me tomó las manos y me dijo: “Gracias por dejarme morir en paz”
Volví a la mañana siguiente, se había muerto la noche anterior.
Le pregunto a la enfermera de ese turno (para no inducirle la respuesta): “vos estuviste cuando se murió ese enfermo, notaste algo diferente?”. Me respondió: “Mira, Paco , en años de terapia intensiva nunca vi morir a alguien con tanta paz, aún muerto parecía que estaba sonriendo”
En conclusión y volviendo a las fuentes, uno de los aforismos de Hipócrates lo revela con claridad meridian: “muchos enfermos se curan solamente con la satisfacción de un médico que los escucha”, (se adelantó 2.500 años a Freud)
Dentro de una formación biologicista-positivista nos enseñan en la Facultad de Medicina a interrogar y no a escuchar.
Con el interrogatorio estamos al lado del enfermo pero con el “escuchatorio” estamos del lado del enfermo.
Ni más ni menos es la narrativa y lo más importante es que es terapéutica.
Referencias:
* "La dignidad del otro", Francisco Maglio, editorial Libros del Zorzal 2009.
Bibliografía
1.- Lain Entralgo: “La relación médico-enfermo”.Acento, Madrid,1990
2.- Unamuno M de: “El sentido trágico de la vida”. Espasa-Calpe, Madrid, 1961.
3.-Feinstein A R: “Problems in the “Evidence” of “Evidence Based Medicine”. A J of Med, Diciembre, 1997.
4.- Greenhalgh T: “Narrative Based Medicine”. BMJ.January, 1999
5.- “Hipócrates, Aforismos y sentencias” Ed. Del Zorzal, BsAs, 2009

Carta al lector desprevenido
Estimado lector:
Me llamo Francisco Maglio, pero todos me dicen Paco: es la diferencia entre la identidad legal y la social. Me quedo con la segunda, que es la que figura en la tapa de este libro.
Nací el 24 de abril de 1935 en Buenos Aires, en el barrio de San Cristóbal, a dos cuadras del límite con Boedo, barrio al que me mudé hace más de treinta años. Junto a mis abuelos, mis padres y mi hermana tuve una infancia feliz y una mejor adolescencia. Ahora mis hijos son mi orgullo y mis nietos, hermosos regalos. Adelita, mi mujer, es mi todo, es mi yo. Además, como dice el tango: “la vida me dio en oro un montón de amigos”. Por eso, gracias a mi familia, gracias a mis maestros, gracias a mis amigos, en fin, gracias a Dios. ¿Qué más se puede pedir? Cuando uno no tiene más que pedir es porque tiene que dar, y precisamente ése es el motivo de este libro: dar, aunque sea en parte, todo lo que la vida me dio.
Si bien soy médico, éste no es un libro de medicina, aunque algo de medicina tiene. Para explicar esto, permítanme que les cuente algo de mi vida. Decía el Principito, con su habitual sabiduría, que “lo esencial es invisible a los ojos”. Pues bien, después de estar treinta y cinco años mirando la medicina con ojos de biólogo –lo que en sí mismo no está mal porque es necesario–, sentía que me faltaba lo esencial, lo invisible.
En medicina en general y en salud en particular, lo esencial está en lo social, y con esto me refiero a lo histórico, a lo ideológico, a lo político, a lo económico y a lo cultural. Porque las cosas en la vida pasan por algo y también por algo nos enfermamos y nos curamos, no son casualidades. Como decía Borges, "todo encuentro casual es
una cita".

Es así que en 1990 dejé la medicina asistencial –medida que fue calurosamente recibida por mis pacientes– y concurrí a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires en búsqueda de otros marcos teóricos y metodológicos que me permitieran reflexionar críticamente sobre lo vivido todos esos años y seguir, así, con la realidad médica actual. Ese lugar lo encontré en el Departamento de Antropología Médica, donde me abrieron otros ojos, para que “lo esencial se haga visible”. En este punto, quiero hacer público mi reconocimiento y gratitud al ponderable esfuerzo –con una infinita paciencia– de los que fueron y siguen siendo mis profesores de antropología médica, orientándome en este camino que me propuse después de cuarenta años de médico. Por eso, desde aquí, gracias, Mabel Grimberg, gracias, Susana Margulies, gracias, Ana María Domínguez Mon y gracias especialmente a vos, Santiago Wallace, que desde el cielo –dónde, si no, vas a estar–, me seguís guiando. También a mi amiga Victoria Barreda –la entrañable “Vicky”–, que aunque no lo sepa me enseña antropología en forma “peripatética” en nuestras periódicas reuniones del Comité de Bioética del Hospital Muñiz.
Comenzó entonces otra etapa de mi vida, no solamente médica. En la primera, que podría llamar “biomédica”, me dediqué tanto a lo asistencial como a la docencia e investigación. Publiqué como autor y coautor más de cien trabajos “científicos” y lo entrecomillo porque ahora, a la distancia, confieso que la mayoría me avergüenza,
no porque sean de mala calidad en lo técnico, sino justamente por eso: por ser exclusivamente técnicos.

En esta segunda etapa de mi vida, que llamo “esencialmente social”, las cosas son distintas. Sin despreciar lo técnico incorporo todo lo aprendido en la reflexión como búsqueda del sentido, parafraseando a Victor Frankl. También lo aprendido de mis compañeros de la Sociedad Argentina de Medicina Antropológica, fundada por mi amigo y maestro, el Dr. Marcos Meeroff –quien desafortunadamente ya no está entre nosotros, al menos físicamente–, que impulsa una medicina que contempla al paciente en forma holística, como un ser humano sómato-psico-social. Fruto de esta etapa nace este libro donde reúno y amplío mis trabajos de los últimos años, dos de ellos en colaboración con mi exquisita amiga, la Lic. María Isabel del Valle.
Aquí me encuentro entonces, en el campo “La Catita”, en 9 de Julio (provincia de Buenos Aires), donde generosamente me han recibido mis entrañables amigos Ricardo y Laura, regalándome la paz y las estrellas para que, con una luminosa y nocturna tranquilidad, pueda escribir este libro.
Escribo con una birome de tres colores –mi última adquisición tecnológica–, con Adelita y Laura ayudándome en la computadora, y de esta manera les ofrezco las siguientes líneas en las que hay conceptos que, si bien se repiten, también se unen y son justificados por su solidez ideológica.
Una mención especial con mi más reconocido agradecimiento para mis amigos Daniel Flichtentrei, por su permanente y generoso apoyo, y para Carlos Rodríguez y Leopoldo Kulesz, que con su dedicación y profesionalismo posibilitaron la impresión y edición de este libro, amén de sus sabias sugerencias.
Mi intención fue que el texto llegara al lector con la frescura de las imperfecciones del lenguaje coloquial. Por esto, tal vez, me he negado a la inclusión de un prólogo: como opinaba Borges, un prólogo debe ser un “brindis” más que una crítica y prefiero que sea usted, lector, quien sin ningún condicionamiento, después de haber leído este libro, decida si quiere brindar o criticar. En caso de que se decida por lo primero, avíseme. Si a pesar de todo lo explicado aún tiene el valor de seguir leyendo, adelante, pero no diga que no le advertí.
Hasta luego, nos encontramos al final.
Paco Maglio

Editorial "Libros del Zorzal"
ISBN: 9789875990951
Formato: 20x13
Páginas: 160
Pertenece a: Colección "Puentes"

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viernes, 8 de octubre de 2010

La estupidez o la nobleza no proceden de los diplomas.



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A Izaguirre le gusta que lo miren. Disfruta cuando la atención de los demás se concentra en él. Cree que debe estar en el centro de cualquier escena aunque no tenga ningún mérito para ello. Camina por los pasillos del hospital buscando algún grupo que pueda sumarse al culto que supone que todos deben profesarle. Es elegante, maduro, huele a colonia inglesa. No puede borrar una sonrisa inmotivada de su cara. Imagino que ese gesto festeja la opinión que tiene de sí mismo. Una celebración permanente que se ofrece en su homenaje. Usa un guardapolvo impecable, almidonado, con bolsillos verticales y con su nombre bordado en grandes letras azules sobre el pecho. Lleva un estetoscopio con campana y membrana colgando alrededor del cuello. He comprobado que no tiene la menor idea de para qué podría servir un instrumento como ése. De todos modos nunca tiene la oportunidad de usarlo ya que huye de los pacientes como de la peste. No son ellos quienes podrían darle lo que busca. Y él no tiene nada que ofrecerles. Es un idiota perfecto. Sin dobleces ni contradicciones.

Desde hace una semana asoma su cabeza en la sala de internados mientras discutimos un caso al pié de la cama del enfermo. Se mantiene en silencio durante un rato y luego aplica su estrategia habitual. Escucha lo que dicen los demás, espera algunos minutos, y lo repite como si se le acabara de ocurrir.

El paciente es un hombre anciano y desnutrido que llegó al hospital hace poco más de un mes.  Su condición clínica desmejora a diario ajena a los esfuerzos que hacemos para evitarlo. Baja de peso, tiene una anemia progresiva, déficit de proteínas, debilidad y atrofia muscular. Le hemos realizado decenas de estudios en busca de una causa  que explique ese deterioro tan acelerado. Los exámenes se acumulan en su historia clínica que ya tiene dos gruesos tomos y varios sobres repletos de informes. Todos empecinadamente normales. En cada oportunidad en que nos reunimos para comentar su evolución quedan descartadas las hipótesis planteadas la vez anterior. Entonces aparecen nuevas probabilidades aunque cada vez más remotas, más infrecuentes, incluso descabelladas. Sólo dos cosas resultan evidentes: el paciente está cada día peor y nosotros no tenemos la menor idea del motivo.

Se llama Hilario Benítez. Tiene más de ochenta años. Fue criado en la selva de la provincia de Misiones en un pueblito llamado Colonia Delicia. Vino a Buenos Aires a los quince años. Llegó solo, corrido por la desocupación y la miseria. Trabajó siempre como peón de albañil aunque él sigue considerándose un campesino. Lo trajeron al hospital sus vecinos alarmados porque notaban que no se encontraba nada bien y él se resistía a hacer una consulta médica. Vive en un galpón donde trabaja como sereno a cambio de que le permitan quedarse en una habitación de chapas donde apenas entran una cama y una mesa desvencijada. Según nos contaron casi nunca salía y por las noches lo escuchaban mantener largas conversaciones en guaraní con su perro. Nunca se queja. Cuando le preguntamos cómo se siente nos responde: -Bien, bastante bien para la edad que tengo. No se preocupe doctor. Nos mira sin comprender nada de lo que decimos en nuestras discusiones y sin que nadie lo mire a él. Analizamos sus radiografías y los resultados de sus análisis de laboratorio encendidos por lo que constituye un desafío diagnóstico. Se ha convertido en un acertijo clínico para todos. Él mismo ha desaparecido detrás la incógnita en que nuestra curiosidad insatisfecha lo ha transformado. Desde entonces lo que sometemos a prueba ya no es a Hilario sino a nuestras propias hipótesis. Izaguirre no para de atribuirse los diagnósticos presuntivos que los demás sugieren. Pero un par de días más tarde, cuando quedan descartados, los rechaza como si jamás se hubiese apropiado de ellos.

Todos quieren y cuidan a Hilario dentro de la sala. Los familiares de los demás pacientes le traen ropa, revistas, alimentos. Como es habitual se teje alrededor del más vulnerable del grupo una red solidaria muy efectiva. Son muy pobres lo que les permite comprender con mayor sensibilidad la dimensión de la pobreza y el abandono de los otros.

Ayer, mientras conversábamos, un frasco de suero infundía una solución dentro de las venas de Hilario. La enfermera contaba la cantidad de gotas por minuto mirando alternativamente su reloj y las tubuladuras. Dos médicos residentes contaron otra vez su historia completa desde el momento en que había ingresado al hospital. Se sucedieron estudios normales, diagnósticos descartados, preguntas sin responder. Por motivos que nadie conoce cada mañana nos encontramos con que durante la noche se ha quitado la aguja de su brazo suspendiendo la administración del tratamiento a través del suero. Izaguirre recomendó  atarlo a la cama para evitarlo, pero nadie le hizo caso. La jefa de Nutrición comentó que se le preparaba una dieta especial con más calorías y suplementos vitamínicos. Hilario miraba la bandeja de los alimentos durante un largo rato mientras revolvía la comida con la cuchara. Pero la mucama asegura que siempre la retira vacía. No podemos comprender de qué manera esa alimentación tan cuidada, las infusiones intravenosas y el reposo absoluto, no logran impedir la continua pérdida de peso y la desnutrición calórico – proteica.

Izaguirre aclaró la voz con un carraspeo histriónico seguido de un silencio destinado a convocar las miradas. Extrajo una lapicera bañada en oro de su bolsillo y la utilizó para acentuar sus gestos señalando al aire mientras hablaba. –“Si el aporte de nutrientes está garantizado y no hay pérdidas ostensibles”- hizo una nueva pausa para comprobar que todos lo escuchaban –“Es evidente que se trata de una cuadro de mala absorción”. Se calló con la actitud de quien espera el aplauso que sigue a la interpretación del monólogo de Hamlet. Yo nunca dejé de asombrarme de la habilidad que tenía para decir obviedades con el tono y la gestualidad de quien dice algo trascendente para la humanidad. Algunas personas respondían más a la escenificación que a lo dicho y demoraban algunos minutos en comprender que acababan de escuchar una estupidez. Otros disfrutaban del espectáculo y se sonreían con discreción. Yo nunca logré evitar un deseo furioso de abofetearlo.

Desde hace una semana muchos de nosotros pensamos en el caso de Hilario durante el día, consultamos bibliografía o lo comentamos en los pasillos. Nada nos incomoda más que no encontrar una causa. Toleramos bastante bien la incertidumbre respecto de un tratamiento o la certeza de que no exista ninguno. Pero no saber los motivos de una enfermedad nos inquieta y amenaza nuestra autoestima. Esto no sólo nos afecta a nosotros sino que le impone al pobre Hilario un itinerario cotidiano a través de exámenes a veces molestos y casi siempre inútiles. Esa mañana el jefe del servicio nos convocó a un ateneo general donde discutiríamos el caso. Izaquirre encontró en ello una oportunidad para destacarse. Está ansioso, pasa mucho tiempo en la biblioteca o consultando por teléfono a otros colegas. Si descubre algo antes que los demás podrá distinguirse por alguna otra cosa que no sean su abigarrada mediocridad y su ignorante arrogancia. Pobre, él sueña con 
papers. Cierra sus ojos y ve la tipografía con la que se escribe su nombre en la portada del Lancet. Historias de aplausos y auditorios con columnas dóricas. Son sueños líquidos e inútiles que se disuelven en sí mismos como poluciones nocturnas.

Anoche me tocaba quedarme de guardia. Me propuse encontrar el momento para ir a ver a Hilario y conversar un rato con él. Me pareció que era necesario comenzar la historia otra vez desde el principio. Dejar las carpetas de estudios normales e internarme sin apuro en la biografía de ese hombre. Un rato antes de cenar sonó mi celular. Era Izaguirre, estaba excitado, eufórico. -¡Es celíaco! Tiene que ser celíaco- Me gritó con la voz entrecortada por la emoción del descubrimiento. Corté sin responderle y no volví a atender ninguna de las muchas veces en que volvió a llamarme. Habíamos descartado esa posibilidad varias veces desde el primer día pero él ni siquiera lo había notado. Después de medianoche decidí subir a ver a Hilario.

Lo busqué en su cama pero estaba vacía. El frasco de suero colgaba desde un pié metálico con la aguja suspendida en el aire y un charco de líquido espeso que se expandía sobre el piso. Casi todos los enfermos dormían. Le pregunté a Manuela, la enfermera. Extendió sus brazos con las palmas hacia arriba y frunció la boca mientras levantaba las cejas indicándome que no lo sabía. Luego se sonrió y continuó doblando gasas sobre la mesada de mármol. La conozco muy bien y esa sonrisa me hizo pensar que sabía algo que yo ignoraba pero que no pensaba decirme. Decidí dar una vuelta por el hospital. Caminé por los pasillos, busqué en los baños y las escaleras sin encontrar a Hilario en ningún lado. Salí al parque para hacer tiempo antes de volver a la sala. La noche estaba fría y oscura. Me puse una campera que llevaba en la mano. No había estrellas. Apenas se adivinaban los árboles detrás del estacionamiento como una hilera de sombras. Cuatro o cinco gatos revolvían los tachos de basura. Una ambulancia estaba detenida con el motor apagado delante de la sala de Emergencias pero aún tenía encendida la luz giratoria del techo lo que producía una iluminación intermitente sobre el camino de acceso.  Las cosas se tornaban rojizas y luego otra vez negras para volver a enrojecer a intervalos regulares. Pensé en un faro y en la soledad nocturna del mar. No podría decir por qué pero tuve la certeza de que había alguien a poca distancia de donde yo estaba. Al cabo de dos ciclos de la luz de la ambulancia identifiqué una silueta. Me acerqué. Antes de que pudiese reconocerlo me habló. –Buenas noches doctor. ¿Salió a tomar el fresco?- Era Hilario, sentado sobre el cordón de la vereda. Me miraba desde abajo mientras con una mano acariciaba el lomo de un perro que comía metiendo el hocico dentro de una bolsa de plástico.  La oscuridad acentuaba su delgadez lo que lo hacía parecer un espectro. Esquelético, con los ojos asomando desmesuradamente desde las órbitas y los huesos de la cara prominentes y filosos. Parecía un cadáver. Me senté a su lado. No hablamos durante un rato que me pareció muy largo. El ruido del perro husmeando y masticando el alimento era lo único que escuchábamos. La ambulancia apagó la luz y la oscuridad se hizo completa.  Hilario sacó otra bolsa de entre sus ropas y esparció la comida por el piso. Pude ver un flan dentro de un pote de aluminio y las dos claras de huevo que se habían agregado a su dieta como colación para incrementar el aporte de albúmina. Toda la ración del día estaba dentro de esas bolsas y el perro procedía a comerla con toda dedicación. También acaricié el lomo del animal. Era grande, negro, con algunas manchas claras sobre la panza y las orejas caídas y largas. Miré a Hilario que estaba a pocos centímetros de mis ojos y no pude evitar detenerme en la dentadura que lucía enorme sobre el fondo raquítico de su cara. –Supongo que la nutricionista se sentiría orgullosa al ver el éxito que tiene su dieta con tu perro. Le dije apenas elevando la voz. Hilario se rió lo que produjo en extraño efecto en sus ojos que se iluminaron con destellos breves pero expresivos.

-          Se llama Jagua, es mi hermano.

-          Extraño nombre para un familiar.

-          Quiere decir perro en guaraní.

-          Creo que tu hermano te está comiendo a vos Hilario.

-          Es que no alcanza para los dos y, si hay que elegir…

Nos quedamos sentados sin decirnos nada hasta que el perro terminó de comer. Hilario juntó los restos y los guardó en la bolsa. Lo ayudé a ponerse de pie ya que su debilidad le impedía hacerlo sin sostenerse apoyando una mano contra la pared. Tiritaba. Me saqué la campera y se la puse sobre los hombros. Lo sostuve algunos minutos hasta que superó un mareo que el cambio de posición le había ocasionado. Se puso más pálido de lo que estaba y sudó unas gotas pequeñas que le llenaron la frente de puntitos luminosos. El perro lo rondaba y lamía su mano. Hilario le daba golpecitos breves sobre la cabeza y chasqueaba con la lengua produciendo un sonido que el animal agradecía moviendo la cola. -Ahora nos vamos a dormir Jagua- le dijo sin soltarse de mis brazos. El perro hizo un ruido muy parecido al llanto. Se subió hasta el pecho de Hilario con sus dos patas delanteras. Después de algunas caricias mutuas se echó debajo de un auto siguiendo las órdenes de su amo.

- Gracias doctor, yo también me voy a dormir.

-  Yo no tengo sueño Hilario, te invito a tomar un café.

Caminamos con lentitud hasta el bar del hospital. Llevé a Hilario tomándolo alrededor de los hombros. Estaba cerrado pero había dos personas lavando los pisos adentro. Golpeé la puerta, nos conocíamos. Me abrieron. Nos sentamos uno frente al otro en una mesa que habilitaron para nosotros. El mozo y yo nos miramos y nos entendimos de inmediato sin necesidad de explicarle nada.  En pocos minutos teníamos dos platos de sopa con fideos “cabello de ángel”, milanesas con puré, vino tinto y ensalada de frutas. Hilario cortó pequeños trozos de pan y los arrojó de a uno dentro del plato de sopa. Flotaban durante algunos segundos como fragmentos desprendidos de un glaciar a la deriva. Se embebían de un líquido amarillento hasta que alcanzaba cierto nivel y entonces naufragaban por su propio peso. Islas esponjosas y blancas que sorbían el agua del océano hasta ahogarse. Ambos mirábamos ese proceso hasta que él volvía a introducir un nuevo pedacito de pan y todo volvía a comenzar. Luego comió sin pausas pero sin desesperación. Yo fui dejando mis porciones y pasándolas a su plato. Después brindamos a su salud y pedimos café. Recién entonces empezamos a conversar aunque en sin mencionar nada de lo que acabábamos de vivir. Me contó que aún extrañaba su tierra a la que no volvía desde hacía décadas. Que siempre había pensado regresar cuando dejara de trabajar pero el momento había llegado cuando ese sueño ya era imposible. Me habló con orgullo de su padre que llevaba su mismo nombre. Había sido contrabandista trayendo bultos en su bote a través del río desde la costa paraguaya. Lo hacía de noche y se comunicaba con una linterna con los puestos de la gendarmería a los que sus patrones sobornaban regularmente para permitirle el paso. Pero a veces, por un malentendido o como medio para presionar un incremento de las tarifas, el bote era acribillado a disparos de fusil desde la costa y su viejo debía tirarse al agua para regresar nadando. Muchas madrugadas lo habían encontrado en la costa, agotado y herido de bala. Otras veces tenía que escaparse por largos períodos a Brasil. Entonces su madre esperaba durante semanas una carta o el mensaje que le traía alguno de sus compañeros. Entonces dejaba a sus hijos mayores al cuidado de los más pequeños y partía con Hilario, que era el menor, hacia la frontera. Esperaban dos o tres días en pensiones de mala muerte o en quilombos donde las putas y los camioneros se reían a carcajadas en portugués y en castellano. Él descubrió allí, cuando apenas tenía cuatro o cinco años, la potencia de las tetas gordas de aquellas mujeres y el embrujo de sus nalgas redondas. Su viejo aparecía barbudo, harapiento y muerto de hambre. Su madre sacaba una bolsa llena de queso, chipá y vino casero que el hombre devoraba con las manos llenándose los bigotes de migas y chorreando el vino rojizo por el cuello. Luego lo tomaba en brazos y lo hacía pasar una a una sobre la falda de las prostitutas. Ellas lo besaban y le inoculaban sus olores a colonia frutal y a polvo barato hasta la náusea. Una noche, mientras regresaban en un micro, Hilario se recostó sobre el pecho de su madre y se dejó invadir por su olor y su temperatura. Ella le rascó la nuca con los dedos y le cantó una canción en guaraní hasta que él alcanzó un letargo que anticipaba el sueño. Estiró el cuello y miró a los ojos a esa mujer sufrida y silenciosa. –Vos no sos una mujer. Le dijo con una certeza que después nunca alcanzó respecto de nada más en toda su vida. -¿Si no fuera una mujer no podría ser tu mamá? Le dijo cuando el colectivo se detenía en la frontera. – ¿Entonces por qué tus tetas no tienen el olor de las de ellas? Su madre contuvo la risa y lo apretó hasta casi asfixiarlo. – Porque hay muchas mujeres y cada una tiene su propio olor. Desde entonces Hilario desarrolló un olfato canino y husmeó en cientos de hembras buscando reencontrarse con aquel olor. Pensé que era posible que aquella noche hubiesen nacido como dos gemelos, su hermandad con los perros y su amor por las putas. Se emocionó mientras me contaba que su viejo le enseñaba a tocar el acordeón sentado en un banquito de mimbre sobre el piso de tierra del patio. Golpeaba con los dedos sobre la mesa un ritmo de chamamé mientras subía y bajaba los hombros. Los ojos se le humedecieron pero con un brillo feliz acompañado de una sonrisa apenas insinuada en su boca. Se iluminó con una luz que contradecía lo que su cuerpo no lograba ocultar. Se calló y miró la noche a través de la ventana. Después me dijo que hubo una mujer. Sin mirarme. Le hablaba al vidrio o a la oscuridad. Se llamaba Elena, era colorada y rellenita. La conoció en un boliche de Paso del Rey al que le decían “La Enramada” a donde iba los sábados a gastarse lo poco que podía ahorrar durante la semana. Bailaron durante varios meses sin decirse una palabra. Cuando llegó el verano ella se le apreció en la casa con un bolsito de lona y tres o cuatro cacharros de cocina. No se dijeron nada, pero no les hizo falta. Para el otoño estaba embarazada. Hilario tuvo miedo. Comenzó a tomar vino cuando todos se iban de la obra antes de volver a su  casa. Todos los días. Al segundo mes Elena tuvo pérdidas. Manchó el colchón con una sangre espesa que se derramaba sobre el contrapiso desnudo de la habitación. Quedaron unos coágulos violáceos que él llamó "cuajarones" y que le parecieron de gelatina. Ella se encerró en el baño. Él se sentó en la puerta a esperar. Cuando salió estaba pálida, lloraba. -¿Y el pibe? Le preguntó Hilario. Pero no le respondió. Abrió el cajón del ropero y juntó las pocas cosas que recién empezaba a preparar para cuando llegara su hijo. Una manta tejida por su abuela, dos pares de escarpines, una batita de hilo blanca bordada, un juego de sabanitas celestes que le había regalado su patrona. Tiró todo en el patio. Juntó hojas y cortezas de árbol y prendió un fuego que arrojaba brasas y un humo lento. Hilario no supo qué hacer. Se fue. Esa noche se demoró más en la obra. Se quedó solo y bebió hasta perder la noción del tiempo. Cuando llegó Elena dormía. No recuerda cómo, ni por qué. Pero aún conserva en su memoria el sonido de los cachetazos y los gritos de la mujer. Cuando despertó ya caía el sol. Vomitó. Elena no estaba. No volvió más.

Le pedí al mozo que todas las noches le sirviera la comida y él prometió aceptarlo. Lo acompañé hasta su cama y nos despedimos sin mencionar el tema. Manuela dormitaba con la cabeza sobre sus brazos vencida sobre el mármol de la mesada. Se despertó y nos siguió con la mirada. Antes de salir me detuve frente a ella.

-          ¿Por qué no me lo dijiste?

-          Porque se lo hubiesen prohibido.

-          No tendría como vivir si esto continuaba.

-          No tendría para qué vivir si ustedes se lo quitaban.

Esa mañana se realizó el ateneo del servicio donde se discutió el caso de Hilario. Mientras caminaba hacia la biblioteca pensé que si la incógnita se develaba lo enviarían de regreso a esa pocilga donde era muy probable que muriera de hambre y de frío.  Mis compañeros ya no se interesarían en él. Sin el desafío clínico que encarnaba la atención se desvanecería por completo y otros casos ocuparían su lugar. No faltó nadie, médicos, nutricionistas, alumnos y la jefa de enfermeras. Izaguirre estaba en la primera fila. Nervioso, se movía sobre la silla, cruzaba y descruzaba las piernas. Una médica residente, joven y bellísima, presentó la historia clínica. No escuché casi nada de lo que dijo. Mientras ella hablaba yo la recorrí milímetro a milímetro. Sus ojos azules, el cuello largo rodeado por una cadenita dorada, la protuberancia de los pechos sobre la chaqueta blanca, la redondez de sus nalgas, la consistencia de sus pantorrillas. Se hicieron comentarios y citas de casos similares descriptos en publicaciones o fruto de la experiencia personal de los colegas de mayor edad. Hubo discusiones, planteo de nuevas hipótesis, recomendaciones y sugerencias. Izaguirre esperó a que todos hablaran. Se puso de pie y, administró los silencios con la eficacia con que siempre lo hacía. Agitó su lapicera al aire y afirmó: -Señores, estoy convencido de que este paciente padece una enfermedad celíaca. Propongo realizar una endoscopía con biopsia duodenal. Miró al auditorio esperando ese aplauso que nunca obtenía. Nadie le hizo caso y las conversaciones se atomizaron en pequeños diálogos de dos o tres personas. La gente comenzó a levantarse y a salir del aula. Nada había cambiado. Las dudas eran las mismas. La paradoja continuaba sin resolverse. Izaguirre se acercó hasta donde yo estaba sentado y me habló al oído.

-¿Vos pensás que se entendió lo que dije?

- Sí, perfectamente.

- Pero, si lo entendieron, ¿por qué nadie hizo comentarios?

- Por eso, precisamente por eso.

Me miró desorientado. No sólo no comprendía la falta de comentarios de los asistentes, tampoco comprendió mi respuesta a su pregunta. Se fue. También yo salí sin hablar con nadie. Manuela me esperaba apoyada sobre el marco de la puerta. Es una mujer enorme y de una generosidad poco común. Nos queremos mucho aunque no necesitamos demasiadas palabras para comunicarnos.

-          Yo sabía lo que ibas a hacer.

Me empujó con sus caderas y fui a dar contra la pared. Se reía, aunque aún no sé si de mi torpeza o de nuestra complicidad.  Me acomodó el cuello de la camisa y el guardapolvo. Me palmeó la mejilla. -Bajá a comprar galletitas mientras yo preparo el mate. Me dijo mientras empezaba a caminar en dirección a la sala. Su risa resonaba en el pasillo. La llamé.

- ¿Qué es lo que sabías que yo iba a hacer?

- No les dijiste nada.

-Vos tampoco me dijiste nada a mí.

-Tenía un motivo.

- ¿Cuál?

- Si te lo decía, le quitarían lo único importante para Hilario.

- Yo también tenía un motivo.

-¿Cuál?

- Si se los decía, les quitaría lo único importante para ellos.






D.F
Imagen Flikr
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