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sábado, 30 de octubre de 2010

20 claves para reconocer a un imbécil (en medicina) Las patéticas caras del éxito.

La verdad y otras mentiras
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" Si no fueran tan temibles
nos darían risa.
Si no fueran tan dañinos
nos darían lástima".
J. M. Serrat
Es imposible huir de ellos. Nos rodean. Establecen las reglas del juego y nos obligan a jugarlo. Si la moneda sale cara: ganan ellos, y si sale ceca: nosotros perdemos. Tienen, en el lugar del corazón, su propio ombligo. Sonríen felices como conejos, sólo porque son idiotas como lagartos.

Van 20 claves. Pero hay más, muchas más. Casi todas ellas las he identificado en mí mismo en algún momento de mi vida. He superado unas pocas, pero el resto me vuelven a crecer como una hierba empecinada que se resiste a morir. Ustedes ya saben, ese imbécil también soy yo.
  1. Supone que su condición de médico lo habilita para opinar con impunidad de todo cuanto se le ponga delante.
  2. Considera que sus explicaciones respecto de los acontecimientos de la vida de las personas son: suficientes, únicas, verdaderas.
  3. Convierte a todo diagnóstico en un juicio moral, distribuye culpabilidades y aplica sanciones. Su práctica es policial y él se siente un gendarme de la “vida correcta”.
  4. Piensa que los modos de existencia de las personas obedecen a decisiones racionales y voluntarias.
  5. No educa ni hace sugerencias, ¡da órdenes! Y acusa a quienes no las cumplen por su debilidad de carácter o su escasa inteligencia para comprender sus razones autoevidentes.
  6. Se siente autorizado a dar consejos sobre la vida privada de las personas, especialmente cuando nadie se los pide. Sus temas preferidos son: las relaciones personales, la conducta sexual, los valores, incluso cuando es evidente que carece de la más mínima aptitud para hacerlo.
  7. Cree que acumular información es garantía de “conocimiento”.  Que la mera suma de datos produce el “significado”.
  8. No establece diferencias entre la epidemiología y la clínica, entre las poblaciones y los individuos.
  9. Considera que las “probabilidades” son “hechos”.
  10. Considera que el ejercicio de la medicina consiste en la aplicación automática de un conjunto –bastante limitado- de algoritmos y cursos de acción.
  11. Reconoce la existencia del error, pero sólo en los demás.
  12. Comprende el significado de la “incertidumbre clínica”, pero jamás la ha sentido personalmente.
  13. Tipifica a todas las emociones y sentimientos como síntomas y actúa en consecuencia.
  14. Piensa que enseñar es exhibir lo que conoce como un tesoro al que sólo él tiene acceso.
  15. Cree que el reconocimiento no proviene de las personas sino de los journals.
  16. Piensa que los más  jóvenes son tan ignorantes que no pueden reconocer sus méritos por lo que no se le acercan. Jamás se le ha ocurrido pensar que, precisamente porque reconocen sus atributos, es que huyen de él como de la peste.
  17. Siempre encuentra escenarios donde exhibirse. Supone –¡está convencido de ello!- que los demás quieren saber de él y conocer el repertorio completo de sus merecimientos.
  18. Convierte todo lo que toca en instrumento para su promoción personal. Sus actos son mercancías y sus únicas recompensas “utilidades”.
  19. Busca la fama, la exhibición y el dinero porque supone que los merece. Ignora  la solidaridad, la gratitud y la austeridad porque no imagina para que sirven.
  20. Circula satisfecho y feliz con su producto –que es él mismo- pero sólo porque su propia vulgaridad le impide advertir el bochornoso espectáculo que representa.
Dicen los que saben que no se debe escribir enojado. Eso es precisamente lo que estoy haciendo en este momento. Afirman que la calma permite administrar las emociones negativas con inteligencia y evitar afirmaciones imprudentes que más tarde no podrán sostenerse. Lo comprendo. Pero eso no impide que lo haga. De todos modos casi nadie lee esta columna y, tal vez, esté llegando el tiempo de concederle su merecida sepultura.
Dr. Daniel Flichtentrei

http://www.intramed.net/home.asp

viernes, 8 de octubre de 2010

La estupidez o la nobleza no proceden de los diplomas.



Jagua"
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A Izaguirre le gusta que lo miren. Disfruta cuando la atención de los demás se concentra en él. Cree que debe estar en el centro de cualquier escena aunque no tenga ningún mérito para ello. Camina por los pasillos del hospital buscando algún grupo que pueda sumarse al culto que supone que todos deben profesarle. Es elegante, maduro, huele a colonia inglesa. No puede borrar una sonrisa inmotivada de su cara. Imagino que ese gesto festeja la opinión que tiene de sí mismo. Una celebración permanente que se ofrece en su homenaje. Usa un guardapolvo impecable, almidonado, con bolsillos verticales y con su nombre bordado en grandes letras azules sobre el pecho. Lleva un estetoscopio con campana y membrana colgando alrededor del cuello. He comprobado que no tiene la menor idea de para qué podría servir un instrumento como ése. De todos modos nunca tiene la oportunidad de usarlo ya que huye de los pacientes como de la peste. No son ellos quienes podrían darle lo que busca. Y él no tiene nada que ofrecerles. Es un idiota perfecto. Sin dobleces ni contradicciones.

Desde hace una semana asoma su cabeza en la sala de internados mientras discutimos un caso al pié de la cama del enfermo. Se mantiene en silencio durante un rato y luego aplica su estrategia habitual. Escucha lo que dicen los demás, espera algunos minutos, y lo repite como si se le acabara de ocurrir.

El paciente es un hombre anciano y desnutrido que llegó al hospital hace poco más de un mes.  Su condición clínica desmejora a diario ajena a los esfuerzos que hacemos para evitarlo. Baja de peso, tiene una anemia progresiva, déficit de proteínas, debilidad y atrofia muscular. Le hemos realizado decenas de estudios en busca de una causa  que explique ese deterioro tan acelerado. Los exámenes se acumulan en su historia clínica que ya tiene dos gruesos tomos y varios sobres repletos de informes. Todos empecinadamente normales. En cada oportunidad en que nos reunimos para comentar su evolución quedan descartadas las hipótesis planteadas la vez anterior. Entonces aparecen nuevas probabilidades aunque cada vez más remotas, más infrecuentes, incluso descabelladas. Sólo dos cosas resultan evidentes: el paciente está cada día peor y nosotros no tenemos la menor idea del motivo.

Se llama Hilario Benítez. Tiene más de ochenta años. Fue criado en la selva de la provincia de Misiones en un pueblito llamado Colonia Delicia. Vino a Buenos Aires a los quince años. Llegó solo, corrido por la desocupación y la miseria. Trabajó siempre como peón de albañil aunque él sigue considerándose un campesino. Lo trajeron al hospital sus vecinos alarmados porque notaban que no se encontraba nada bien y él se resistía a hacer una consulta médica. Vive en un galpón donde trabaja como sereno a cambio de que le permitan quedarse en una habitación de chapas donde apenas entran una cama y una mesa desvencijada. Según nos contaron casi nunca salía y por las noches lo escuchaban mantener largas conversaciones en guaraní con su perro. Nunca se queja. Cuando le preguntamos cómo se siente nos responde: -Bien, bastante bien para la edad que tengo. No se preocupe doctor. Nos mira sin comprender nada de lo que decimos en nuestras discusiones y sin que nadie lo mire a él. Analizamos sus radiografías y los resultados de sus análisis de laboratorio encendidos por lo que constituye un desafío diagnóstico. Se ha convertido en un acertijo clínico para todos. Él mismo ha desaparecido detrás la incógnita en que nuestra curiosidad insatisfecha lo ha transformado. Desde entonces lo que sometemos a prueba ya no es a Hilario sino a nuestras propias hipótesis. Izaguirre no para de atribuirse los diagnósticos presuntivos que los demás sugieren. Pero un par de días más tarde, cuando quedan descartados, los rechaza como si jamás se hubiese apropiado de ellos.

Todos quieren y cuidan a Hilario dentro de la sala. Los familiares de los demás pacientes le traen ropa, revistas, alimentos. Como es habitual se teje alrededor del más vulnerable del grupo una red solidaria muy efectiva. Son muy pobres lo que les permite comprender con mayor sensibilidad la dimensión de la pobreza y el abandono de los otros.

Ayer, mientras conversábamos, un frasco de suero infundía una solución dentro de las venas de Hilario. La enfermera contaba la cantidad de gotas por minuto mirando alternativamente su reloj y las tubuladuras. Dos médicos residentes contaron otra vez su historia completa desde el momento en que había ingresado al hospital. Se sucedieron estudios normales, diagnósticos descartados, preguntas sin responder. Por motivos que nadie conoce cada mañana nos encontramos con que durante la noche se ha quitado la aguja de su brazo suspendiendo la administración del tratamiento a través del suero. Izaguirre recomendó  atarlo a la cama para evitarlo, pero nadie le hizo caso. La jefa de Nutrición comentó que se le preparaba una dieta especial con más calorías y suplementos vitamínicos. Hilario miraba la bandeja de los alimentos durante un largo rato mientras revolvía la comida con la cuchara. Pero la mucama asegura que siempre la retira vacía. No podemos comprender de qué manera esa alimentación tan cuidada, las infusiones intravenosas y el reposo absoluto, no logran impedir la continua pérdida de peso y la desnutrición calórico – proteica.

Izaguirre aclaró la voz con un carraspeo histriónico seguido de un silencio destinado a convocar las miradas. Extrajo una lapicera bañada en oro de su bolsillo y la utilizó para acentuar sus gestos señalando al aire mientras hablaba. –“Si el aporte de nutrientes está garantizado y no hay pérdidas ostensibles”- hizo una nueva pausa para comprobar que todos lo escuchaban –“Es evidente que se trata de una cuadro de mala absorción”. Se calló con la actitud de quien espera el aplauso que sigue a la interpretación del monólogo de Hamlet. Yo nunca dejé de asombrarme de la habilidad que tenía para decir obviedades con el tono y la gestualidad de quien dice algo trascendente para la humanidad. Algunas personas respondían más a la escenificación que a lo dicho y demoraban algunos minutos en comprender que acababan de escuchar una estupidez. Otros disfrutaban del espectáculo y se sonreían con discreción. Yo nunca logré evitar un deseo furioso de abofetearlo.

Desde hace una semana muchos de nosotros pensamos en el caso de Hilario durante el día, consultamos bibliografía o lo comentamos en los pasillos. Nada nos incomoda más que no encontrar una causa. Toleramos bastante bien la incertidumbre respecto de un tratamiento o la certeza de que no exista ninguno. Pero no saber los motivos de una enfermedad nos inquieta y amenaza nuestra autoestima. Esto no sólo nos afecta a nosotros sino que le impone al pobre Hilario un itinerario cotidiano a través de exámenes a veces molestos y casi siempre inútiles. Esa mañana el jefe del servicio nos convocó a un ateneo general donde discutiríamos el caso. Izaquirre encontró en ello una oportunidad para destacarse. Está ansioso, pasa mucho tiempo en la biblioteca o consultando por teléfono a otros colegas. Si descubre algo antes que los demás podrá distinguirse por alguna otra cosa que no sean su abigarrada mediocridad y su ignorante arrogancia. Pobre, él sueña con 
papers. Cierra sus ojos y ve la tipografía con la que se escribe su nombre en la portada del Lancet. Historias de aplausos y auditorios con columnas dóricas. Son sueños líquidos e inútiles que se disuelven en sí mismos como poluciones nocturnas.

Anoche me tocaba quedarme de guardia. Me propuse encontrar el momento para ir a ver a Hilario y conversar un rato con él. Me pareció que era necesario comenzar la historia otra vez desde el principio. Dejar las carpetas de estudios normales e internarme sin apuro en la biografía de ese hombre. Un rato antes de cenar sonó mi celular. Era Izaguirre, estaba excitado, eufórico. -¡Es celíaco! Tiene que ser celíaco- Me gritó con la voz entrecortada por la emoción del descubrimiento. Corté sin responderle y no volví a atender ninguna de las muchas veces en que volvió a llamarme. Habíamos descartado esa posibilidad varias veces desde el primer día pero él ni siquiera lo había notado. Después de medianoche decidí subir a ver a Hilario.

Lo busqué en su cama pero estaba vacía. El frasco de suero colgaba desde un pié metálico con la aguja suspendida en el aire y un charco de líquido espeso que se expandía sobre el piso. Casi todos los enfermos dormían. Le pregunté a Manuela, la enfermera. Extendió sus brazos con las palmas hacia arriba y frunció la boca mientras levantaba las cejas indicándome que no lo sabía. Luego se sonrió y continuó doblando gasas sobre la mesada de mármol. La conozco muy bien y esa sonrisa me hizo pensar que sabía algo que yo ignoraba pero que no pensaba decirme. Decidí dar una vuelta por el hospital. Caminé por los pasillos, busqué en los baños y las escaleras sin encontrar a Hilario en ningún lado. Salí al parque para hacer tiempo antes de volver a la sala. La noche estaba fría y oscura. Me puse una campera que llevaba en la mano. No había estrellas. Apenas se adivinaban los árboles detrás del estacionamiento como una hilera de sombras. Cuatro o cinco gatos revolvían los tachos de basura. Una ambulancia estaba detenida con el motor apagado delante de la sala de Emergencias pero aún tenía encendida la luz giratoria del techo lo que producía una iluminación intermitente sobre el camino de acceso.  Las cosas se tornaban rojizas y luego otra vez negras para volver a enrojecer a intervalos regulares. Pensé en un faro y en la soledad nocturna del mar. No podría decir por qué pero tuve la certeza de que había alguien a poca distancia de donde yo estaba. Al cabo de dos ciclos de la luz de la ambulancia identifiqué una silueta. Me acerqué. Antes de que pudiese reconocerlo me habló. –Buenas noches doctor. ¿Salió a tomar el fresco?- Era Hilario, sentado sobre el cordón de la vereda. Me miraba desde abajo mientras con una mano acariciaba el lomo de un perro que comía metiendo el hocico dentro de una bolsa de plástico.  La oscuridad acentuaba su delgadez lo que lo hacía parecer un espectro. Esquelético, con los ojos asomando desmesuradamente desde las órbitas y los huesos de la cara prominentes y filosos. Parecía un cadáver. Me senté a su lado. No hablamos durante un rato que me pareció muy largo. El ruido del perro husmeando y masticando el alimento era lo único que escuchábamos. La ambulancia apagó la luz y la oscuridad se hizo completa.  Hilario sacó otra bolsa de entre sus ropas y esparció la comida por el piso. Pude ver un flan dentro de un pote de aluminio y las dos claras de huevo que se habían agregado a su dieta como colación para incrementar el aporte de albúmina. Toda la ración del día estaba dentro de esas bolsas y el perro procedía a comerla con toda dedicación. También acaricié el lomo del animal. Era grande, negro, con algunas manchas claras sobre la panza y las orejas caídas y largas. Miré a Hilario que estaba a pocos centímetros de mis ojos y no pude evitar detenerme en la dentadura que lucía enorme sobre el fondo raquítico de su cara. –Supongo que la nutricionista se sentiría orgullosa al ver el éxito que tiene su dieta con tu perro. Le dije apenas elevando la voz. Hilario se rió lo que produjo en extraño efecto en sus ojos que se iluminaron con destellos breves pero expresivos.

-          Se llama Jagua, es mi hermano.

-          Extraño nombre para un familiar.

-          Quiere decir perro en guaraní.

-          Creo que tu hermano te está comiendo a vos Hilario.

-          Es que no alcanza para los dos y, si hay que elegir…

Nos quedamos sentados sin decirnos nada hasta que el perro terminó de comer. Hilario juntó los restos y los guardó en la bolsa. Lo ayudé a ponerse de pie ya que su debilidad le impedía hacerlo sin sostenerse apoyando una mano contra la pared. Tiritaba. Me saqué la campera y se la puse sobre los hombros. Lo sostuve algunos minutos hasta que superó un mareo que el cambio de posición le había ocasionado. Se puso más pálido de lo que estaba y sudó unas gotas pequeñas que le llenaron la frente de puntitos luminosos. El perro lo rondaba y lamía su mano. Hilario le daba golpecitos breves sobre la cabeza y chasqueaba con la lengua produciendo un sonido que el animal agradecía moviendo la cola. -Ahora nos vamos a dormir Jagua- le dijo sin soltarse de mis brazos. El perro hizo un ruido muy parecido al llanto. Se subió hasta el pecho de Hilario con sus dos patas delanteras. Después de algunas caricias mutuas se echó debajo de un auto siguiendo las órdenes de su amo.

- Gracias doctor, yo también me voy a dormir.

-  Yo no tengo sueño Hilario, te invito a tomar un café.

Caminamos con lentitud hasta el bar del hospital. Llevé a Hilario tomándolo alrededor de los hombros. Estaba cerrado pero había dos personas lavando los pisos adentro. Golpeé la puerta, nos conocíamos. Me abrieron. Nos sentamos uno frente al otro en una mesa que habilitaron para nosotros. El mozo y yo nos miramos y nos entendimos de inmediato sin necesidad de explicarle nada.  En pocos minutos teníamos dos platos de sopa con fideos “cabello de ángel”, milanesas con puré, vino tinto y ensalada de frutas. Hilario cortó pequeños trozos de pan y los arrojó de a uno dentro del plato de sopa. Flotaban durante algunos segundos como fragmentos desprendidos de un glaciar a la deriva. Se embebían de un líquido amarillento hasta que alcanzaba cierto nivel y entonces naufragaban por su propio peso. Islas esponjosas y blancas que sorbían el agua del océano hasta ahogarse. Ambos mirábamos ese proceso hasta que él volvía a introducir un nuevo pedacito de pan y todo volvía a comenzar. Luego comió sin pausas pero sin desesperación. Yo fui dejando mis porciones y pasándolas a su plato. Después brindamos a su salud y pedimos café. Recién entonces empezamos a conversar aunque en sin mencionar nada de lo que acabábamos de vivir. Me contó que aún extrañaba su tierra a la que no volvía desde hacía décadas. Que siempre había pensado regresar cuando dejara de trabajar pero el momento había llegado cuando ese sueño ya era imposible. Me habló con orgullo de su padre que llevaba su mismo nombre. Había sido contrabandista trayendo bultos en su bote a través del río desde la costa paraguaya. Lo hacía de noche y se comunicaba con una linterna con los puestos de la gendarmería a los que sus patrones sobornaban regularmente para permitirle el paso. Pero a veces, por un malentendido o como medio para presionar un incremento de las tarifas, el bote era acribillado a disparos de fusil desde la costa y su viejo debía tirarse al agua para regresar nadando. Muchas madrugadas lo habían encontrado en la costa, agotado y herido de bala. Otras veces tenía que escaparse por largos períodos a Brasil. Entonces su madre esperaba durante semanas una carta o el mensaje que le traía alguno de sus compañeros. Entonces dejaba a sus hijos mayores al cuidado de los más pequeños y partía con Hilario, que era el menor, hacia la frontera. Esperaban dos o tres días en pensiones de mala muerte o en quilombos donde las putas y los camioneros se reían a carcajadas en portugués y en castellano. Él descubrió allí, cuando apenas tenía cuatro o cinco años, la potencia de las tetas gordas de aquellas mujeres y el embrujo de sus nalgas redondas. Su viejo aparecía barbudo, harapiento y muerto de hambre. Su madre sacaba una bolsa llena de queso, chipá y vino casero que el hombre devoraba con las manos llenándose los bigotes de migas y chorreando el vino rojizo por el cuello. Luego lo tomaba en brazos y lo hacía pasar una a una sobre la falda de las prostitutas. Ellas lo besaban y le inoculaban sus olores a colonia frutal y a polvo barato hasta la náusea. Una noche, mientras regresaban en un micro, Hilario se recostó sobre el pecho de su madre y se dejó invadir por su olor y su temperatura. Ella le rascó la nuca con los dedos y le cantó una canción en guaraní hasta que él alcanzó un letargo que anticipaba el sueño. Estiró el cuello y miró a los ojos a esa mujer sufrida y silenciosa. –Vos no sos una mujer. Le dijo con una certeza que después nunca alcanzó respecto de nada más en toda su vida. -¿Si no fuera una mujer no podría ser tu mamá? Le dijo cuando el colectivo se detenía en la frontera. – ¿Entonces por qué tus tetas no tienen el olor de las de ellas? Su madre contuvo la risa y lo apretó hasta casi asfixiarlo. – Porque hay muchas mujeres y cada una tiene su propio olor. Desde entonces Hilario desarrolló un olfato canino y husmeó en cientos de hembras buscando reencontrarse con aquel olor. Pensé que era posible que aquella noche hubiesen nacido como dos gemelos, su hermandad con los perros y su amor por las putas. Se emocionó mientras me contaba que su viejo le enseñaba a tocar el acordeón sentado en un banquito de mimbre sobre el piso de tierra del patio. Golpeaba con los dedos sobre la mesa un ritmo de chamamé mientras subía y bajaba los hombros. Los ojos se le humedecieron pero con un brillo feliz acompañado de una sonrisa apenas insinuada en su boca. Se iluminó con una luz que contradecía lo que su cuerpo no lograba ocultar. Se calló y miró la noche a través de la ventana. Después me dijo que hubo una mujer. Sin mirarme. Le hablaba al vidrio o a la oscuridad. Se llamaba Elena, era colorada y rellenita. La conoció en un boliche de Paso del Rey al que le decían “La Enramada” a donde iba los sábados a gastarse lo poco que podía ahorrar durante la semana. Bailaron durante varios meses sin decirse una palabra. Cuando llegó el verano ella se le apreció en la casa con un bolsito de lona y tres o cuatro cacharros de cocina. No se dijeron nada, pero no les hizo falta. Para el otoño estaba embarazada. Hilario tuvo miedo. Comenzó a tomar vino cuando todos se iban de la obra antes de volver a su  casa. Todos los días. Al segundo mes Elena tuvo pérdidas. Manchó el colchón con una sangre espesa que se derramaba sobre el contrapiso desnudo de la habitación. Quedaron unos coágulos violáceos que él llamó "cuajarones" y que le parecieron de gelatina. Ella se encerró en el baño. Él se sentó en la puerta a esperar. Cuando salió estaba pálida, lloraba. -¿Y el pibe? Le preguntó Hilario. Pero no le respondió. Abrió el cajón del ropero y juntó las pocas cosas que recién empezaba a preparar para cuando llegara su hijo. Una manta tejida por su abuela, dos pares de escarpines, una batita de hilo blanca bordada, un juego de sabanitas celestes que le había regalado su patrona. Tiró todo en el patio. Juntó hojas y cortezas de árbol y prendió un fuego que arrojaba brasas y un humo lento. Hilario no supo qué hacer. Se fue. Esa noche se demoró más en la obra. Se quedó solo y bebió hasta perder la noción del tiempo. Cuando llegó Elena dormía. No recuerda cómo, ni por qué. Pero aún conserva en su memoria el sonido de los cachetazos y los gritos de la mujer. Cuando despertó ya caía el sol. Vomitó. Elena no estaba. No volvió más.

Le pedí al mozo que todas las noches le sirviera la comida y él prometió aceptarlo. Lo acompañé hasta su cama y nos despedimos sin mencionar el tema. Manuela dormitaba con la cabeza sobre sus brazos vencida sobre el mármol de la mesada. Se despertó y nos siguió con la mirada. Antes de salir me detuve frente a ella.

-          ¿Por qué no me lo dijiste?

-          Porque se lo hubiesen prohibido.

-          No tendría como vivir si esto continuaba.

-          No tendría para qué vivir si ustedes se lo quitaban.

Esa mañana se realizó el ateneo del servicio donde se discutió el caso de Hilario. Mientras caminaba hacia la biblioteca pensé que si la incógnita se develaba lo enviarían de regreso a esa pocilga donde era muy probable que muriera de hambre y de frío.  Mis compañeros ya no se interesarían en él. Sin el desafío clínico que encarnaba la atención se desvanecería por completo y otros casos ocuparían su lugar. No faltó nadie, médicos, nutricionistas, alumnos y la jefa de enfermeras. Izaguirre estaba en la primera fila. Nervioso, se movía sobre la silla, cruzaba y descruzaba las piernas. Una médica residente, joven y bellísima, presentó la historia clínica. No escuché casi nada de lo que dijo. Mientras ella hablaba yo la recorrí milímetro a milímetro. Sus ojos azules, el cuello largo rodeado por una cadenita dorada, la protuberancia de los pechos sobre la chaqueta blanca, la redondez de sus nalgas, la consistencia de sus pantorrillas. Se hicieron comentarios y citas de casos similares descriptos en publicaciones o fruto de la experiencia personal de los colegas de mayor edad. Hubo discusiones, planteo de nuevas hipótesis, recomendaciones y sugerencias. Izaguirre esperó a que todos hablaran. Se puso de pie y, administró los silencios con la eficacia con que siempre lo hacía. Agitó su lapicera al aire y afirmó: -Señores, estoy convencido de que este paciente padece una enfermedad celíaca. Propongo realizar una endoscopía con biopsia duodenal. Miró al auditorio esperando ese aplauso que nunca obtenía. Nadie le hizo caso y las conversaciones se atomizaron en pequeños diálogos de dos o tres personas. La gente comenzó a levantarse y a salir del aula. Nada había cambiado. Las dudas eran las mismas. La paradoja continuaba sin resolverse. Izaguirre se acercó hasta donde yo estaba sentado y me habló al oído.

-¿Vos pensás que se entendió lo que dije?

- Sí, perfectamente.

- Pero, si lo entendieron, ¿por qué nadie hizo comentarios?

- Por eso, precisamente por eso.

Me miró desorientado. No sólo no comprendía la falta de comentarios de los asistentes, tampoco comprendió mi respuesta a su pregunta. Se fue. También yo salí sin hablar con nadie. Manuela me esperaba apoyada sobre el marco de la puerta. Es una mujer enorme y de una generosidad poco común. Nos queremos mucho aunque no necesitamos demasiadas palabras para comunicarnos.

-          Yo sabía lo que ibas a hacer.

Me empujó con sus caderas y fui a dar contra la pared. Se reía, aunque aún no sé si de mi torpeza o de nuestra complicidad.  Me acomodó el cuello de la camisa y el guardapolvo. Me palmeó la mejilla. -Bajá a comprar galletitas mientras yo preparo el mate. Me dijo mientras empezaba a caminar en dirección a la sala. Su risa resonaba en el pasillo. La llamé.

- ¿Qué es lo que sabías que yo iba a hacer?

- No les dijiste nada.

-Vos tampoco me dijiste nada a mí.

-Tenía un motivo.

- ¿Cuál?

- Si te lo decía, le quitarían lo único importante para Hilario.

- Yo también tenía un motivo.

-¿Cuál?

- Si se los decía, les quitaría lo único importante para ellos.






D.F
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miércoles, 29 de septiembre de 2010

La verdad y otras mentiras


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Me llaman "Calle"
Las migas del amor y la derrota.
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"Me llaman “Calle”:
“Me llaman calle, la sin futuro
me llaman calle, la sin salida
me llaman calle”

Manu Chao  
Hace más de una semana que la veo diariamente. Todas las mañanas me siento al borde su cama, le pregunto cómo se siente, le cuento chistes tontos, le acaricio el cabello. Se sonríe pero casi no me habla. No se queja. No me pide nada. No pregunta. Acepta sin resistencias todo lo que le hacemos. Y eso es desagradable, es doloroso y, en ocasiones, resulta humillante. Pero no me dice nada.


La trajo su hija, una niña de 10 años. Como su madre, habla muy poco, y casi no se mueve de su lado. La he visto deambular entre los autos en la puerta del hospital estirando su mano abierta ante las ventanillas. No dice qué quiere aunque todos entienden que pide monedas. Nadie la mira y muy pocos le sueltan algunos centavos sobre esa mano muda.  Luego compra unas botellas de agua mineral y un paquete galletitas y otra vez ocupa su puesto al pié de la cama. Ambas se miran sin palabras durante horas. De a ratos le sirve agua y la obliga a beber unos sorbos o humedece un algodón que exprime sobre sus labios. La madre tose, escupe o se atraganta. Y todo vuelve a comenzar. Le he dicho más de una vez que no es necesario, que su madre recibe todo lo que necesita a través del suero intravenoso. Que, incluso, es peligroso, que podría aspirarse. Pero de todos modos lo sigue haciendo. “Tu mamá no necesita beber, no te preocupes. Yo le doy a través del suero todo lo que ella necesita”, le dije esta mañana. Me miró desde abajo con sus ojos desmesuradamente abiertos pero clavados en mí. Inmóviles. Ese mínimo gesto duró –o al menos así me pareció- más de lo esperable. Rompía el código convencional de la gestualidad. Significaba algo distinto de lo que en general una mirada responde a las palabras. Inmediatamente volvió a mojar el algodón en el agua y apoyarlo con sumo cuidado sobre los labios de su madre. No me miró más. Pero la madre sí lo hizo y sentí que sonreía o algo así. Entendí que me mostraba esa acción aparentemente inútil de su hija como un trofeo, con orgullo y satisfacción. Como tantas otras veces aprendí cuando creía enseñar. Recibí cuando suponía dar. Constaté mi ignorancia cuando pensaba que exponía mi conocimiento. Mi omnipotencia y mi soberbia. ¿Quién me habrá dicho alguna vez que yo podía suministrarle a una madre agonizante “todo lo que necesita” en un estúpido envase de solución salina? Le guiñé un ojo a la madre y le di una palmada en el hombro a la niña. Tal vez así hayan comprendido que yo comprendía. Aunque tal vez no. No tuve el valor de decirles con palabras lo que me habían enseñado.


Pocos días atrás esa niña arrastró a su madre -que casi no podía sostenerse en pié- hasta la sala de Emergencias. Cuando estuvo delante de nosotros se detuvo y, con su elocuente actitud -pero sin decir ni una palabra- nos hizo ver a esa mujer. La acostamos en una camilla y le pedimos a su hija que salga. No hubo manera de moverla de allí. La mujer estaba adelgazada hasta la desnutrición, tenía fiebre, respiraba con dificultad y por breves instantes perdía la conciencia. Por encima del esternón, un hueco enorme se hundía con cada inspiración. Los bordes de los huesos de su cara estaban a punto de salir a través de la escasa piel que apenas los cubría. La asistimos con las primeras medidas de soporte y la internamos en una sala del hospital.


A alguien, alguna vez, se le ocurrió que la presencia de menores en ese lugar estaba prohibida. Pero esa niña no estuvo dispuesta a considerar esa norma ni a escuchar argumentos o razones. La dejamos junto a su madre y, sin que nadie se lo proponga, se desencadenó desde ese momento el sabio mecanismo de la ayuda mutua que allí ya todos conocíamos. Se desató una solidaridad sin estridencias y sin exhibicionismos. Anónima, austera pero efectiva. Como sólo pueden ejercerla los derrotados o los desposeídos. Sin juicios morales ni ejercicios de mala conciencia. Simplemente hechos. La niña fue ocultada en cada oportunidad en que alguien que podría denunciar su presencia pasaba por el lugar. Los burócratas y los gendarmes de las ordenanzas fueron convenientemente alejados o distraídos cada vez que asomaron sus narices por ese sector. Aparecieron frazadas, almohadas, ropas infantiles, juguetes, leche, golosinas y otros alimentos. Manos secretas los dejaban al pié dela cama. Algunas mujeres bañaron a la niña, cepillaron su cabello, la cubrieron con mantas mientras dormía.


Soledad, la madre, me contó que su hija se llamaba Sol. –“¿Cómo vos?” , le pregunté. –“No, yo me llamo Soledad, ella se llama Sol.  No es lo mismo”. 
Soledad tenía un tumor avanzado en su mama y una extensa siembra de metástasis en sus pulmones y columna vertebral. Ya teníamos el diagnóstico. También sabíamos que no tenía ninguna oportunidad de sobrevivir en esas condiciones y que sólo se trataba de tiempo, poco tiempo.


Ayer me pidió hablar un rato conmigo. Señaló a su hija dándome a entender que quería hacerlo sin su presencia. Le pedí a la enfermera que la lleve con ella y me senté a conversar con Soledad. Imaginé que querría hacerme preguntas, saber cómo se encontraba, cuál era su pronóstico. Pero no fue así. Esa mujer ya sabía todas esas cosas, las aceptaba y no tenía preguntas al respecto.


-Quería decirte que yo a vos te conozco desde hace muchos años.

- ¿A mí?

- Sí, a vos

-¿Y dónde nos conocimos?

-En este mismo lugar, hace más de 15 años.

-Es posible, pero no lo recuerdo.

-Yo sí, muy bien. Yo era una de las chicas del “loco Luis”.

El “loco Luis” era un personaje que frecuentaba las guardias del hospital. Un hombre gordo, pelirrojo, de una simpatía arrolladora y un oscuro prontuario policial. Nadie sabía cuando, pero algunas madrugadas asomaba su cabeza enorme por la puerta y gritaba: “¡Doctores, dejen todo que llegó Luisito y sus muñecas!”. Entonces entraba seguido de una corte de mujeres de todas las edades y para todos los gustos. Cada una traía paquetes con pizza, helado o cerveza. Armaban una larga mesa donde distribuían sus obsequios como para dar una fiesta. Desde ese momento nos organizábamos -médicos y enfermeras- para examinar a “sus chicas”, tomarles muestras de sangre, hisopados vaginales, radiografías de tórax. El “loco Luis” las cuidaba y así protegía su negocio. Todos comprendíamos que se tratada de algo ilegal pero nadie lo mencionaba explícitamente. También sabíamos que haciéndolo cuidábamos a esas mujeres  y, a través de ellas, a sus clientes. Después de todo era un acto médico. Más tarde el “loco Luis” tocaba la guitarra, cantaba y estimulaba a sus chicas para que bailen y sirvan sus manjares. La comida y sus chicas eran su moneda de cambio.


-Una noche vos me atendiste. Me tratabas tan “raro”. Me decías: por favor, me decías: señorita…

- Bueno, siempre fui un poco formal…, y ridículo.

-Yo te pregunté por qué me trabas de ese modo tan respetuoso, te dije: ¿vos sabés quién soy yo? Y me respondiste: ¿Yo la trato de este modo por lo que soy yo, no por lo que es usted? Te juro que nunca me pude olvidar de eso.
No supe qué decirle. No recordaba nada. Si eso era verdad, no había sido para mí algo que la memoria guardara con la precisión con que parecía haberlo hecho en Soledad.


-No lo recuerdo. Pero creo que debo disculparme con vos. No tiene ningún mérito que alguien trate a las personas por lo que él mismo cree que es. Lo importante es hacerlo por lo que los otros son, no importa a qué se dediquen. ¿No te parece?

-No sé, voy a pensarlo. Pero quiero que sepas que esa noche me hiciste muy bien. Yo recién llegaba de mi provincia, tenía diecinueve años y estaba muerta de miedo. No sé si lo que me dijiste era correcto, pero yo necesitaba algo así y vos me lo diste.

Soledad se agitaba, tenía dificultades para mantenerse lúcida y alternaba con momentos de somnolencia o de letargo. Le coloqué la máscara de oxígeno y me quedé a observarla hasta que se durmió profundamente. Su hija se acercó. Acomodó su cuerpo en la cama de su madre. Rodeó con su brazo el cuello de Soledad y quedó hipnotizada mirando las burbujas que se producían en el humidificador.


Por la mañana detuve mi auto frente al hospital y vi como Sol se acercaba a las ventanillas y extendía su mano sin decir ni una palabra. Los conductores estaban tan apurados que no la veían. Desde cada auto se escuchaban las voces de las radios dando las noticias del día. Un hombre se afeitaba con una máquina eléctrica mirándose en el espejo retrovisor mientras esperaba la luz del semáforo. Sol llegó a donde yo estaba. Puse varias monedas en su mano. Me miró. Me reconoció de inmediato. Vos no. Me dijo, y lo repitió: –Vos no. Entonces hundió todo su brazo entre las ropas y las revolvió durante algunos segundos. Sacó de allí un paquete arrugado y sucio y puso sobre mi mano: las monedas que yo le había dado, una galletita rota en tres o cuatro pedazos y el más maravilloso puñado de migas amarillentas que yo haya visto jamás.
Daniel Flichtentrei
* Imagen Egon Schiele
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