miércoles, 29 de septiembre de 2010

La verdad y otras mentiras


IntraMed



Me llaman "Calle"
Las migas del amor y la derrota.
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"Me llaman “Calle”:
“Me llaman calle, la sin futuro
me llaman calle, la sin salida
me llaman calle”

Manu Chao  
Hace más de una semana que la veo diariamente. Todas las mañanas me siento al borde su cama, le pregunto cómo se siente, le cuento chistes tontos, le acaricio el cabello. Se sonríe pero casi no me habla. No se queja. No me pide nada. No pregunta. Acepta sin resistencias todo lo que le hacemos. Y eso es desagradable, es doloroso y, en ocasiones, resulta humillante. Pero no me dice nada.


La trajo su hija, una niña de 10 años. Como su madre, habla muy poco, y casi no se mueve de su lado. La he visto deambular entre los autos en la puerta del hospital estirando su mano abierta ante las ventanillas. No dice qué quiere aunque todos entienden que pide monedas. Nadie la mira y muy pocos le sueltan algunos centavos sobre esa mano muda.  Luego compra unas botellas de agua mineral y un paquete galletitas y otra vez ocupa su puesto al pié de la cama. Ambas se miran sin palabras durante horas. De a ratos le sirve agua y la obliga a beber unos sorbos o humedece un algodón que exprime sobre sus labios. La madre tose, escupe o se atraganta. Y todo vuelve a comenzar. Le he dicho más de una vez que no es necesario, que su madre recibe todo lo que necesita a través del suero intravenoso. Que, incluso, es peligroso, que podría aspirarse. Pero de todos modos lo sigue haciendo. “Tu mamá no necesita beber, no te preocupes. Yo le doy a través del suero todo lo que ella necesita”, le dije esta mañana. Me miró desde abajo con sus ojos desmesuradamente abiertos pero clavados en mí. Inmóviles. Ese mínimo gesto duró –o al menos así me pareció- más de lo esperable. Rompía el código convencional de la gestualidad. Significaba algo distinto de lo que en general una mirada responde a las palabras. Inmediatamente volvió a mojar el algodón en el agua y apoyarlo con sumo cuidado sobre los labios de su madre. No me miró más. Pero la madre sí lo hizo y sentí que sonreía o algo así. Entendí que me mostraba esa acción aparentemente inútil de su hija como un trofeo, con orgullo y satisfacción. Como tantas otras veces aprendí cuando creía enseñar. Recibí cuando suponía dar. Constaté mi ignorancia cuando pensaba que exponía mi conocimiento. Mi omnipotencia y mi soberbia. ¿Quién me habrá dicho alguna vez que yo podía suministrarle a una madre agonizante “todo lo que necesita” en un estúpido envase de solución salina? Le guiñé un ojo a la madre y le di una palmada en el hombro a la niña. Tal vez así hayan comprendido que yo comprendía. Aunque tal vez no. No tuve el valor de decirles con palabras lo que me habían enseñado.


Pocos días atrás esa niña arrastró a su madre -que casi no podía sostenerse en pié- hasta la sala de Emergencias. Cuando estuvo delante de nosotros se detuvo y, con su elocuente actitud -pero sin decir ni una palabra- nos hizo ver a esa mujer. La acostamos en una camilla y le pedimos a su hija que salga. No hubo manera de moverla de allí. La mujer estaba adelgazada hasta la desnutrición, tenía fiebre, respiraba con dificultad y por breves instantes perdía la conciencia. Por encima del esternón, un hueco enorme se hundía con cada inspiración. Los bordes de los huesos de su cara estaban a punto de salir a través de la escasa piel que apenas los cubría. La asistimos con las primeras medidas de soporte y la internamos en una sala del hospital.


A alguien, alguna vez, se le ocurrió que la presencia de menores en ese lugar estaba prohibida. Pero esa niña no estuvo dispuesta a considerar esa norma ni a escuchar argumentos o razones. La dejamos junto a su madre y, sin que nadie se lo proponga, se desencadenó desde ese momento el sabio mecanismo de la ayuda mutua que allí ya todos conocíamos. Se desató una solidaridad sin estridencias y sin exhibicionismos. Anónima, austera pero efectiva. Como sólo pueden ejercerla los derrotados o los desposeídos. Sin juicios morales ni ejercicios de mala conciencia. Simplemente hechos. La niña fue ocultada en cada oportunidad en que alguien que podría denunciar su presencia pasaba por el lugar. Los burócratas y los gendarmes de las ordenanzas fueron convenientemente alejados o distraídos cada vez que asomaron sus narices por ese sector. Aparecieron frazadas, almohadas, ropas infantiles, juguetes, leche, golosinas y otros alimentos. Manos secretas los dejaban al pié dela cama. Algunas mujeres bañaron a la niña, cepillaron su cabello, la cubrieron con mantas mientras dormía.


Soledad, la madre, me contó que su hija se llamaba Sol. –“¿Cómo vos?” , le pregunté. –“No, yo me llamo Soledad, ella se llama Sol.  No es lo mismo”. 
Soledad tenía un tumor avanzado en su mama y una extensa siembra de metástasis en sus pulmones y columna vertebral. Ya teníamos el diagnóstico. También sabíamos que no tenía ninguna oportunidad de sobrevivir en esas condiciones y que sólo se trataba de tiempo, poco tiempo.


Ayer me pidió hablar un rato conmigo. Señaló a su hija dándome a entender que quería hacerlo sin su presencia. Le pedí a la enfermera que la lleve con ella y me senté a conversar con Soledad. Imaginé que querría hacerme preguntas, saber cómo se encontraba, cuál era su pronóstico. Pero no fue así. Esa mujer ya sabía todas esas cosas, las aceptaba y no tenía preguntas al respecto.


-Quería decirte que yo a vos te conozco desde hace muchos años.

- ¿A mí?

- Sí, a vos

-¿Y dónde nos conocimos?

-En este mismo lugar, hace más de 15 años.

-Es posible, pero no lo recuerdo.

-Yo sí, muy bien. Yo era una de las chicas del “loco Luis”.

El “loco Luis” era un personaje que frecuentaba las guardias del hospital. Un hombre gordo, pelirrojo, de una simpatía arrolladora y un oscuro prontuario policial. Nadie sabía cuando, pero algunas madrugadas asomaba su cabeza enorme por la puerta y gritaba: “¡Doctores, dejen todo que llegó Luisito y sus muñecas!”. Entonces entraba seguido de una corte de mujeres de todas las edades y para todos los gustos. Cada una traía paquetes con pizza, helado o cerveza. Armaban una larga mesa donde distribuían sus obsequios como para dar una fiesta. Desde ese momento nos organizábamos -médicos y enfermeras- para examinar a “sus chicas”, tomarles muestras de sangre, hisopados vaginales, radiografías de tórax. El “loco Luis” las cuidaba y así protegía su negocio. Todos comprendíamos que se tratada de algo ilegal pero nadie lo mencionaba explícitamente. También sabíamos que haciéndolo cuidábamos a esas mujeres  y, a través de ellas, a sus clientes. Después de todo era un acto médico. Más tarde el “loco Luis” tocaba la guitarra, cantaba y estimulaba a sus chicas para que bailen y sirvan sus manjares. La comida y sus chicas eran su moneda de cambio.


-Una noche vos me atendiste. Me tratabas tan “raro”. Me decías: por favor, me decías: señorita…

- Bueno, siempre fui un poco formal…, y ridículo.

-Yo te pregunté por qué me trabas de ese modo tan respetuoso, te dije: ¿vos sabés quién soy yo? Y me respondiste: ¿Yo la trato de este modo por lo que soy yo, no por lo que es usted? Te juro que nunca me pude olvidar de eso.
No supe qué decirle. No recordaba nada. Si eso era verdad, no había sido para mí algo que la memoria guardara con la precisión con que parecía haberlo hecho en Soledad.


-No lo recuerdo. Pero creo que debo disculparme con vos. No tiene ningún mérito que alguien trate a las personas por lo que él mismo cree que es. Lo importante es hacerlo por lo que los otros son, no importa a qué se dediquen. ¿No te parece?

-No sé, voy a pensarlo. Pero quiero que sepas que esa noche me hiciste muy bien. Yo recién llegaba de mi provincia, tenía diecinueve años y estaba muerta de miedo. No sé si lo que me dijiste era correcto, pero yo necesitaba algo así y vos me lo diste.

Soledad se agitaba, tenía dificultades para mantenerse lúcida y alternaba con momentos de somnolencia o de letargo. Le coloqué la máscara de oxígeno y me quedé a observarla hasta que se durmió profundamente. Su hija se acercó. Acomodó su cuerpo en la cama de su madre. Rodeó con su brazo el cuello de Soledad y quedó hipnotizada mirando las burbujas que se producían en el humidificador.


Por la mañana detuve mi auto frente al hospital y vi como Sol se acercaba a las ventanillas y extendía su mano sin decir ni una palabra. Los conductores estaban tan apurados que no la veían. Desde cada auto se escuchaban las voces de las radios dando las noticias del día. Un hombre se afeitaba con una máquina eléctrica mirándose en el espejo retrovisor mientras esperaba la luz del semáforo. Sol llegó a donde yo estaba. Puse varias monedas en su mano. Me miró. Me reconoció de inmediato. Vos no. Me dijo, y lo repitió: –Vos no. Entonces hundió todo su brazo entre las ropas y las revolvió durante algunos segundos. Sacó de allí un paquete arrugado y sucio y puso sobre mi mano: las monedas que yo le había dado, una galletita rota en tres o cuatro pedazos y el más maravilloso puñado de migas amarillentas que yo haya visto jamás.
Daniel Flichtentrei
* Imagen Egon Schiele
http://www.intramed.net/home.asp

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