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domingo, 2 de enero de 2011
La isla neoliberal Los hechos de Villa Soldati reavivan los espectros de la violencia social de los ’90. La culebra neoliberal serpea todavía.
domingo, 10 de octubre de 2010
Los íconos argentinos, Enrique Lacolla
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Siguiendo a Marx, estamos de acuerdo en que la materia determina a la conciencia. Esto es, que los intereses de fondo que mueven a los seres humanos crean una cobertura ideológica con la cual estos se explican y justifican a sí mismos. También creemos que esa cobertura, a su vez, opera por sí misma al ser introyectada por quienes la reciben y determina muchos de los movimientos de los individuos que la profesan, quienes operan y modifican la circunstancia que los rodea en base a esa conciencia adquirida. Una falsa conciencia puede tornarse más o menos veraz al interpretar y vehiculizar inquietudes, simpatías y antipatías que están influidas y, en algunos casos, predeterminadas, por el imperativo de la cultura recibida.
La Argentina es un país arquetípico de esta clase de contradicción. ¿No es sorprendente que, atenazados como estamos por la deuda externa, los problemas sociales y la indecisión en revertir un modelo económico que nos arruinó a lo largo de tres décadas, estemos hoy ingresando a un espacio polémico a partir de la resolución del gobierno de la Nación de tomar como los íconos culturales que representarán a nuestro país en la Feria del Libro de Francfurt a Carlos Gardel, Eva Perón, Ernesto Che Guevara y Diego Maradona?
Y bien, no, no es sorprendente. O al menos no lo es tanto. Porque si es cierto que hay asuntos mucho más urgentes, tanto la elección de esos personajes como la reacción de piel –vulgo, roncha- que su designación ha suscitado en sectores de la intelligentsia son demostrativos de las viejas y semiconscientes antinomias culturales de los argentinos siguen vivas, y se encarnan en muchas de las tomas de partido que adopta la clase media. La excitación en torno de esas figuras revela tanto la inanidad del debate tal como se lo plantea, como la necesidad de jerarquizar el sentido de nuestra historia y darle los perfiles que se merece, rompiendo con los parámetros rígidos del pasado para, finalmente, operar con cierta eficacia sobre el presente.
Un ejemplo
Juan José Sebreli, ilustre sociólogo, excelente escritor y antipopulista de alma, a quien se le deben muchas observaciones agudas, bien que sesgadas, sobre la
psicología social argentina, se ha sentido escamado en su sensibilidad por la elección de esos personajes, que son los mismos que él había seleccionado para un libro suyo de próxima aparición. Es de suponer que observándolos desde un prisma muy diferente al que les consagra el actual gobierno, y de la intelección simplista que de ellos tienen tanto éste como una vasta franja del público.
En un reportaje concedido a La Nación y aparecido en el ejemplar del domingo 31 de agosto, Sebreli explaya sus puntos de vista, lo que permite presumir el contenido de su libro. En cualquier caso, el reportaje habla por sí mismo. Sebreli dice al principio, con buen sentido, que en una Feria del Libro lo que tendría que haber primado son las figuras de intelectuales y escritores como ejemplares de la cultura del país, más que la de ciertos fetiches populares. Pero acto seguido se desencadena contra la tipología de los personajes elegidos. Y propone, a su vez, el cuadro de honor que a su entender debería presidir a los estantes de la muestra.
“Ni siquiera tendrían que haber tenido que consultar. Cualquier persona medianamente culta lo sabe. Tendrían que haber elegido a Sarmiento y Borges como únicos representantes”. Y añade, a modo de concesión, como aporte propio, a Roberto Arlt, aunque admite que “también él podría ser discutido”.
Los perfiles de los elegidos por el gobierno son matizados por Sebreli con una puntillosidad negativa que, aparentemente, su propia selección de personajes no requiere. “Gardel es el cantor nacional, del pueblo-, pero es también el lumpen, el gigoló. Evita es la mujer consagrada a los pobres, pero es también la perseguida y la perseguidora, la mujer del látigo. El Che fue un hombre que luchaba por un mundo mejor, pero también el que llevó a la muerte a miles de jóvenes por una aventura absurda… Pudo ser un médico, antropólogo o un escritor, pero el encuentro con Fidel lo cambió. Y Maradona es el gran jugador de fútbol, pero también el drogado, el tramposo, el vivo. No es un hombre del fútbol, sino del telefútbol”.
Uno se pregunta si en la calificación de Evita por Sebreli no ha pesado inconscientemente también el calificativo de puta, que endilgaba el odio opositor a quien de forma apasionada, pero en última instancia moderada, habida cuenta de los ataques de que era objeto, tomaba partido por los pobres en un país donde la oligarquía tenía grandes cuentas que pagar. Cuentas que, dicho sea de paso, el sistema de poder predominante desde hace más de medio siglo entre nosotros ha incrementado a niveles siderales.
En cuanto a la fabricación televisiva del ídolo a la que alude Sebreli, uno no puede dejar de preguntarse si la hagiografía existente y persistente en torno de Borges y Sarmiento no representa también una especie de “producción” de los personajes. No hay modelo o mannéquin que, cuando se le pregunta a quien lee, no diga: “Borges”, a pesar de que es fácil pensar, por la actitud y manera de hablar de la bella niña, que en su caso no lee mucho más que revistas de modas y chimentos.
Lo de atribuir la fe revolucionaria del Che Guevara a su primer encuentro con Fidel Castro, pues unos días antes escribía que pensaba buscarse una beca en París y viajar a
allí con su madre, es un abuso de confianza. Más allá de las evaluaciones que puedan hacerse acerca de lo atinado o lo desatinado de su teoría del foco (y yo, personalmente, comulgo con la segunda hipótesis), el personaje estaba ya condicionado por una predisposición revolucionaria, quizá vagamente sentida en un principio, pero que con toda probabilidad excedía al mero narcisismo que en otra parte del reportaje Sebreli considera como el elemento fundante del mito. La misma predisposición que hizo que Guevara se despidiera de su padre cuando el tren arrancaba en Retiro rumbo a su segundo viaje y a su gran aventura, con una frase inesperada: “¡Aquí va un soldado de América!” Esas palabras fueron interpretadas por su progenitor como un arranque más de un temperamento paradójico. Pero, como lo demostró lo que vino después, era significativa, en el fondo, de una férrea voluntad de compromiso.
Creo que Borges, pese a todo su extranjerismo, su predilección por los mitos nórdicos y la literatura inglesa, su antipatía por lo popular y su antiperonismo visceral, sentía al país de una manera mucho más profunda que Sebreli y era honesto en este tema, aunque resultase políticamente insoportable para quienes se encontraban en la vereda de enfrente. “Hay dos grandes libros fundacionales de la literatura argentina” decía, palabras más, palabras menos, el autor de El Aleph: “Uno es el Facundo y el otro el Martín Fierro. Yo hubiera preferido que el primero hubiera sido el expresivo del país, pero, bueno, no fue así”.
Ahí está el nudo de la cuestión. En saber reconocer donde estamos parados. No, por supuesto, para encerrarse como Borges en una actitud dedeñosa, rencorosa o prescindente respecto de lo que no responde a nuestras expectativas, sino para comprender las circunstancias en que vivimos y tratar de hacer algo al respecto. Los grandes conductores que han suscitado el amor y el odio de los argentinos estaban recorridos por esa capacidad interpretadora. Y es por esto que siguen viviendo en la memoria del pueblo, a pesar de las toneladas de infamias que se desplomado sobre sus cabezas desde las usinas donde se fabrican la información y la historia oficial, o a despecho de los silencios que esta última ha sabido construir en torno de sus figuras.
El culto a los ídolos
El culto a los ídolos, que tanto molesta a Sebreli, es la forma que el instinto popular encuentra para perforar la capa de las mentiras o el mutismo que lo envuelve como sujeto histórico. Desde luego que ese culto puede ser abusivo, desagradable y de mal gusto; que puede ser explotado también por la industria del marketing o de la promoción escandalosa –la religiosidad en torno de Evita, el snobismo que se disfraza de revolucionarismo en las remeras y afiches con la efigie de Guevara; la explotación de los costados escandalosos de la personalidad de Maradona-, pero es expresivo de esa necesidad de encontrar un referente que de alguna manera evoque una genialidad o un compromiso con lo que se hace, en cuyo empeño y desorden el pueblo se reconoce.
El mito, por lo tanto, es una figura inevitable en la medida en que las coordenadas de la realidad permanezcan ocultas. Para desvelarlas es necesario aceptar primero el carácter grosero o incluso grotesco que pueden revestir algunas de sus exteriorizaciones, para ir indagando luego, de una manera honesta y sin preconceptos, las raíces del fenómeno. El retrato que de Gatica traza Leonardo Favio en la película biográfica homónima, o la indagación entre tierna e inflexible que María Luisa Bemberg hace del estrato aristocrático en Miss Mary, son ejemplares de dos aproximaciones que tienen como elemento fundante a la honestidad y al deseo de mirar sin concesiones dentro de nosotros mismos y del contexto que nos condiciona.
Sebreli elige a Borges y a Sarmiento como arquetipos de una argentinidad que él entiende es la necesaria. Es decir, culta, europea. Civilizada, en una palabra, en oposición a la barbarie que el autor del Facundo entendía como el lastre fatal de la herencia hispánica y del país salvaje. La antinomia construida por Sarmiento, gracias a sus dotes excepcionales de escritor y a su percepción plástica del paisaje indómito de su tiempo, tenía una enorme eficacia persuasiva, y sirvió –por desgracia- para fundar una teoría sociológica útil a los intereses de la burguesía comercial y terrateniente de Buenos Aires, y para bañar en un aura de prestigio y devoción nacional a una política que tenía en su núcleo el interés más estrecho y la voluntad de arrasar a sangre y fuego las resistencias del interior para construir, tras la organización nacional, una república jerárquica. Política de la cual el mismo Sarmiento fue parte.
Este fue el molde cultural donde, durante más de un siglo, la clase media argentina se crió. Proveniente en lo esencial de los desembarques inmigratorios, asimilados rápida pero caóticamente al país, su conciencia nacional fue forjada a partir de una historiografía oficial a la cual Mitre proveía de una documentación sistemática pero cuidadosamente expurgada, y Sarmiento con un calor polémico, un arrebato romántico y una interpretación fundada en una antinomia categórica. Civilización y Barbarie, ¡qué mejor vehículo para los recién llegados entender en forma súbita y fácil las raíces sociales y el devenir histórico de su nuevo país, pasando por encima de su variedad, abigarramiento y matices! Tanto más que, de alguna manera, esa fórmula halagaba la sensibilidad de la segunda generación de los recién venidos (la primera estaba demasiado ocupada en hacer pie y en liberar a sus hijos del primitivismo y la pobreza que arrastraban desde Europa), pues los dotaba de un engañoso complejo de superioridad sobre una masa criolla informe, silenciosa, sometida al imperio de un sistema de valores que le negaba entidad histórica, o bien se lo daba sólo como referente negativo de un proceso bipolar.
Lejos de mi intención el querer denostar, de manera simplista, a unas figuras que bien o mal –más mal que bien-, construyeron a este país. Mitre y Sarmiento, para hacer referencia a dos “íconos” de nuestra historia oficial, fueron personalidades ricas, complejas, originales y, en general, implacables para imponer una concepción de la república. Convengamos que Mitre fue la lápida que aplastó con el peso de su visión parcial de la historia a la conciencia de generaciones de argentinos; pero fue un individuo cuyas cualidades de conductor político e historiador no pueden ser desechadas así como así. Y Sarmiento fue un polemista brillante y un convencido de sus propias ideas, explosivo, fabulador e injusto, pero con algo de esa sinceridad del artista que le impide equivocarse del todo y deja filtrar, por entre los vericuetos de la forma, los ramalazos de la verdadera grandeza a la que aspira.
Merecen por lo tanto figurar, pese a todo, en el panteón oficial de las ideas argentinas. Lo que no significa comulgar con lo que hayan dicho, hecho o escrito. Pero como un país no se construye en base a memorias subjetivas sino en torno de un consenso acerca de su historia, se hace necesario rescatar a sus figuras con sus luces y sus sombras, distanciándonos de la aversión personal que pueden inspirarnos en uno u otro caso, para asumirlos como parte de nuestra personalidad dividida. Sólo así escaparemos a la esquizofrenia que ha distinguido a nuestras batallas políticas durante el siglo pasado.
Ahora bien, volviendo al caso Sebreli, convengamos en que su tajante elección por Borges y Sarmiento como arquetipos de la cultura argentina, arriesga incurrir justamente en ese tipo de planteamiento. ¿Por qué Borges y Sarmiento, y no también Gálvez, Marechal, José Hernández o Arturo Jauretche?
De genocidios, retratos y billetes
Esta predisposición esquizoide vuelve a aflorar por estos días a propósito de un asunto cuya banalidad espanta. Justamente por ser idiota, y porque se coloca fuera de cualquier debate serio en torno del tema a que nos referimos; pero que, dada la incultura histórica ambiente, es capaz de salirse con la suya. El progresismo light se la ha tomado con la figura de Roca, cuya efigie se quiere borrar de los billetes de 100 pesos para reemplazarla por la de Juana Azurduy. La memoria de la gran guerrillera boliviana-argentina debe desde luego ser exaltada. ¿Pero por qué a través de un trastrocamiento de figuras en un billete de banco?
La primera reflexión que salta a propósito de este asunto es por qué Roca y no Mitre. ¿Será porque el peso del aparato cultural y periodístico que cuida las espaldas a este último es muy grande?
Al general Julio Argentino Roca se le imputa el delito de genocidio por la campaña del desierto. Un poco más y los progres al uso querrían juzgarlo en un Nuremberg criollo, sin tomar en cuenta en lo más mínimo los condicionantes culturales y estratégicos de la época en que vivió ese personaje. Las campañas de Mitre, Paunero y otros contra las montoneras, después de Pavón, y sobre todo el casi exterminio del pueblo paraguayo en la guerra de la Triple Alianza, revisten sí las características que las hacen asimilables a esa figura jurídica; pero aparentemente no suscitan la inquietud de nuestros revisionistas de flamante cuño, muy alejados del revisionismo histórico que cumpliera una enorme función fecundante a lo largo de todo el siglo XX argentino. La progresía no se mete pues con Mitre, exponente del porteñismo primero secesionista y luego invasor del país para acomodarlo a sus intereses de clase, sino con quien justamente nacionalizó a Buenos Aires, acabando con sus pujos independentistas. Pero sobre todo embiste contra el militar que le dio al país la mitad del territorio que actualmente ocupa. Con lo cual en gran medida anuló el apotegma sarmientino que rezaba que “el mal que aqueja a la Argentina es su extensión”.
Como si los norteamericanos, tan admirados por el sanjuanino, se hubiesen sentido intimidados, en esos mismos años, por las grandes praderas y los espacios vacíos del Lejano Oeste…
El imperialismo y su herramienta favorita, el terrorismo mediático, han fabricado la figura de “los pueblos originarios”, que habrían sido víctimas de un exterminio masivo. Esto es relativamente cierto en el caso de Estados Unidos y, también de los primeros siglos de la colonización española, durante los cuales se mató y sobre todo se redujo a la servidumbre a millones de indígenas. Pero nuestros progresistas a la violeta olvidan mencionar que, en el caso español y portugués, esos episodios fueron acompañados por un gigantesco proceso de mestización, que dio lugar a una civilización nueva, la iberoamericana, cuya cualidad porosa la hace muy apta para asumir las tareas de un mundo actual que se distingue por la necesidad de una acelerada integración de las razas. Por muy mal que caiga esta interpretación a los profetas de “la guerra de las culturas”, interesados en fomentar el divisionismo de las masas del Tercer Mundo o de los clanes étnicos y confesionales del Cáucaso, el Medio Oriente, Latinoamérica y los Balcanes, para mejor someterlas a la voluntad imperial.
Nuestros campeones de la autoctonía resultan ser, de este modo, campeones inconscientes de las políticas imperialistas. Por otra parte, los lacrimosos defensores de los “pueblos originarios” tienden a olvidar que la teoría del “buen salvaje”, de Rousseau, es una fábula, no menos edulcorada que la del “buen revolucionario” que fue su consecuencia. No había tales pueblos originarios –a menos que nos pongamos a buscar su rastro en la Polinesia o a través del estrecho de Bering-, y sus costumbres, en muchos casos, distaban de ser amables. Basta recordar la complicada factura del armamento azteca, concebida para herir a sus enemigos en batalla más que para matarlos, a fin de hacer prisioneros y ofrecer luego masivos sacrificios humanos a los dioses...
En una escala mucho menor y más próxima a nosotros, basta evocar el terror a los malones generados por las dispersas tribus indígenas de nuestro país, para reivindicar la necesidad de la campaña de Roca. Esa frontera imprecisa y esa amenaza persistente –detrás de la cual se podía ocultar el interés de Chile o de alguna potencia ultramarina hacia la Patagonia- determinaron la Conquista del Desierto, dura en sus procedimientos, por cierto, pero bastante alejada del carácter sistemático y despiadado que los norteamericanos imprimieron a sus guerras indias.
Nuestra progresía tiene una irreprimible vocación para enamorarse de las causas inexistentes. Se indigna frente al militar y estadista que, en última instancia, unificó al país y acabó con las guerras civiles (aunque bajo sus gobiernos se hayan consolidado las bases de la república oligárquica), y no se acuerda de las atrocidades cometidas por el unitarismo y el mitrismo que fueron, en definitiva, el principio eficiente del cual se desprendería luego la organización roquista de la nación argentina, que representaría un compromiso a cuyo reparo esta crecería hasta niveles más que respetables.
Nuestra progresía se extasía y se subleva, simultáneamente, ante la innegable marginación de ciertas minorías indígenas; pero no se acuerda de la devastación del país interior como consecuencia del accionar de la “civilizada” Buenos Aires contra la “barbarie” gaucha; se enfurece ante los crímenes de la última dictadura y hace bandera con la piel del león muerto cuando consigue que algunos personeros de ese período nefasto sean con justicia llevados ante los tribunales, pero no suele preocuparse de la misma manera por el vaciamiento producido en el país durante el lapso que va de 1975 al 2001, durante el cual se produjo un verdadero genocidio social, cuyos personeros andan libremente por la calle o calientan algunas bancas en el Senado.
Los íconos de la mitología popular argentina no pueden fabricarse por decreto. En esto podemos coincidir parcialmente con Sebreli. Pero, más allá de la pertinencia o no de elegir a las figuras de Evita, Maradona, Gardel y el Che, para representar al país en una feria del libro, no hay duda que pertenecen a una corriente popular que está presidida por una continuidad que va de San Martín a Rosas, a Irigoyen y a Perón. Eso es lo que irrita a Sebreli. Esa continuidad ha sido atacada o silenciada por la cultura artificial irradiada desde la Ciudad Puerto: desde la ciudad fenicia, la de la burguesía compradora crecida en connubio con el imperialismo. Pero esa corriente popular es resistente y no se la ha podido desarraigar del instinto más recóndito de las masas.
Ahora bien, de nuestra cultura tampoco se puede expulsar tampoco a la corriente expresiva del sentir opuesto, la encarnada por Borges o Sarmiento, pongamos por caso, aunque ella deviene de una forma de sentir al país que se asienta en un equívoco arrogante respecto a la naturaleza de este. Lo quiere acorde a su propia, importada y pretendidamente culta comprensión de las cosas, fruto de la generación de una conciencia falsa que resulta de la necesidad de justificar éticamente la actuación de intereses económicos muy concretos.
Pero, como decíamos al principio, una conciencia falsa puede generar productos genuinos. El Facundo de Sarmiento vivirá en las letras argentinas como expresivo de una comprensión tortuosa del país, cuya potencia le permite sin embargo superar ese límite y brindar, junto a la fabulosa representación del caudillo, un autorretrato de sus enemigos que bien puede revertir los términos de la ecuación del título, hablándonos más bien de la barbarie de una civilización que, en vez de esforzarse por interpretar al terruño y ayudar a sus pobladores a incorporarse, se erigió en juez y verdugo de estos.
En una ocasión quien esto escribe trató de sintetizar su sentir frente a este universo problemático, signado por la escisión y el enfrentamiento, en una metáfora. Puede ser que alguna vez, con el correr del tiempo, los argentinos de buena voluntad podamos acordar los polos de este universo polémico, reconociéndonos en ellos para realizar la síntesis que es necesaria para que podamos asumir nuestro desgarramiento y tornarlo en una conciencia activa para superarlo. En ese momento podremos unirnos sin negar nuestra procedencia, como se junta el follaje en la copa de un árbol hendido por el rayo.
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Gorilismo y racismo
El actual momento político argentino se configura en torno de oposiciones que vienen de lo profundo de nuestra historia. Lo cual no es óbice para volver a un necesario debate sobre sus características esenciales.
La oposición al actual gobierno argentino es variopinta. E ininteligible si se presume la existencia de una razón ideológica para intentar comprender su actitud. Por cierto, existe un núcleo duro en ese conglomerado que posee un proyecto, el más siniestro que imaginarse pueda: un retorno al esquema económico del Consenso de Washington, una vuelta a los ’90. Sus personeros se identifican con lo peor que ha habido en la política argentina, y tienen, en muchísimos casos, nexos con la dictadura militar de 1976-1983. Otras agrupaciones, en cambio, se identifican con políticas económicas que se dicen de izquierda. Sin embargo, con su actitud derogatoria respecto del Ejecutivo, terminan prestando un apoyo incomprensible a los personajes expresivos de la derecha cruda y nuda, únicos fautores de poder sobre los que podría recaer el gobierno en el caso de que el Frente para la Victoria fuese desalojado del gobierno en las elecciones del año próximo. La recurrente concurrencia, en tiempos recientes, del máximo exponente del Proyecto Sur a entrevistas mediáticas piloteadas por personeros del sistema que devastó al país durante casi 30 años y su preocupación en atacar primordialmente a la actual administración, callando respecto de la nocividad de sus adversarios, es expresiva de esta paradoja.
Pero, más allá de esta singularidad política, el sustento de la opinión pública a los diversos sectores del frente opositor es considerable. Aunque varía o aparenta variar en sus motivos, el núcleo sustantivo de esa posición es una inequívoca animadversión hacia el Ejecutivo y hacia quienes lo integran. Esa inquina es comprensible en los grupos concentrados del poder financiero, personeros del modelo que sólo concibe al país como entidad dependiente. Estos grupos, que como sistema de intereses han comandado la mayor parte de la historia argentina, se encuentran estrechamente ligados al imperialismo, que otorga un rol subordinado a este país y al resto de los países iberoamericanos, con la excepción –relativa- de Brasil. En cambio, el por qué de ese rencor en vastos estratos de nuestra clase media no es fácil de comprender si nos atenemos a los datos objetivos.
Una cierta proporción de este conglomerado está representado por chacareros enriquecidos y por las personas vinculadas al sector en las ciudades del interior que viven del comercio de granos. Todos ellos abominan de cualquier regulación que trabe o pueda trabar su apetito de ganancia. Las motivaciones de este grupo, por mezquinas que sean, tienen, a pesar de todo, una explicación racional: cierta insolidaridad, que en buena medida deviene del egoísmo de raíz inmigrante, expresivo de un individualismo que antepone el propio interés a cualquier otra cosa. Pero, ¿qué decir de los numerosos integrantes de la clase media de las grandes urbes que no tienen un motivo concreto para fundar su antipatía hacia el gobierno?
Si atendemos a las declamaciones de una de las figuras más expectables de la oposición y que tiene un impacto relativamente grande en ese estamento, como Elisa Carrió, el motivo de esa inquina estaría determinado por el “autoritarismo” del Ejecutivo, por la “corrupción” que lo roería por todos los frentes y por sus pretensiones de eternizarse en el poder. En el fabuloso imaginario de la señora Carrió, estos datos se hermanan con comparaciones inesperadas y desprovistas de cualquier tipo de asidero, como su evaluación de Néstor Kirchner como un Hitler sin campos de concentración.
No es probable que este dislate de la líder de la Coalición Cívica sea creído por la opinión media que se opone al gobierno. El rencor de esta tiene orígenes más difusos. Y que por ser difusos (y confusos) moviliza a ese sector incluso contra sus propios intereses. No es la primera ocasión en que esto sucede: en 1955 el gorilismo de los estamentos medios contribuyó a derrocar un régimen transformador que, cualesquiera hayan sido sus defectos, gozaba de legitimidad democrática y representaba un proyecto coherente de potenciación industrial que arrastraba a los sectores populares, incluida la clase media, a una mejor distribución y disfrute de la riqueza.
Ahora, en otra escala, se produce algo parecido. ¿Por qué?
Tracemos un cuadro de lo acontecido desde 2003. Después de 25 años de devastación neoliberal, en 2003 se produce la reaparición del Estado para corregir las peores lacras de los desniveles sociales, renace el fomento del mercado interno como motor de la economía, se produce una industrialización apreciable y la política exterior abandona el alineamiento automático con Estados Unidos, dirigiendo sus esfuerzos al fortalecimiento de los lazos con América latina como expediente para lograr la integración del bloque regional que es necesario para enfrentar a la marea globalizadora de impronta neoliberal que se desploma sobre el mundo. Además, y pronunciando el énfasis intervencionista, el Estado se reapropia del sistema jubilatorio, renacionaliza algunas empresas arbitrariamente privatizadas en los ’90 e intenta imponer cierta racionalidad impositiva en la ganancia agraria. Y, finalmente, lanza la ley de medios audiovisuales, que trata de romper el monopolio de la prensa por algunas empresas encastilladas en unas posiciones de poder desde las cuales transmite los contenidos monotemáticos del neocapitalismo ligado a una transnacionalización que apunta a perpetuar el sometimiento al imperialismo.
La economía, pese a una inflación controlada y a una crisis mundial que trastorna a los mercados, se mantiene firme, y ninguno de los pronósticos apocalípticos emitidos por los gurús de turno, sean políticos o especialistas en cuestiones contables, se cumple. El gobierno, desde luego, comete un error de bulto al tergiversar las cifras del Indec; ese traspié es explotado por los monopolios de prensa y la oposición aprovecha la ocasión para sembrar aun más la duda en esos sectores medios que conforman su clientela. Pero los índices objetivos de la situación económica –empleo, exportaciones, balanza comercial y nivel de vida de los sectores medios- no son mayormente afectados. Señal de esto último es el pleno que en materia de disponibilidad habitacional se produce en la costa y en los principales centros turísticos de todo el país durante la presente temporada veraniega.
A pesar de esto una ancha franja de la clase media incuba un rencor incurable contra el Ejecutivo y, sobre todo, contra la persona que lo encarna en primer término. “Yegua” es la más suave de las descalificaciones con que obsequia a Cristina Fernández de Kirchner. La burla, la irritación, el desdén que provoca la Presidenta en la clase media no tienen razón de ser y no pueden ser computados como parte de una reacción racional. Más bien comparten el mismo rencor que eclosionó en 1955, que hizo que ese sector social aplaudiera el bombardeo del 16 de Junio –el mayor atentado terrorista que sufrió el país- y que sustentara las políticas discriminatorias para con la mayoría del pueblo durante los 18 años de proscripción del peronismo, con las catastróficas consecuencias que sabemos.
Esta antipatía visceral contra la Presidenta no se puede sostener con argumentos lógicos; sólo el placer de la invectiva ciega es capaz de explicarla. Ahora bien, ¿qué se le puede reprochar a Cristina Fernández a nivel personal? Es un cuadro político muy preparado, conoce de economía y es una excelente expositora. En más de un sentido nos parece superior a su marido el ex presidente, quien, con demasiada frecuencia, aparece sujeto a arrebatos de oportunismo que rozan la arbitrariedad.
Sus cualidades no salvan a Cristina Fernández, pues quienes están decididos a odiar por odiar nunca quedarán satisfechos por las virtudes del objeto de su repulsa. En esta animadversión late, indiscutiblemente, esa sensibilidad gorila a la que hacíamos alusión y que deviene de la cortedad de miras y sobre todo de una antipatía incurable hacia todo lo que, de lejos o de cerca, huela a real representatividad popular o a proposiciones transformadoras de la sociedad que alteren el estado de cosas. Si nuestra presidenta fuera Hillary Clinton, por ejemplo, a nadie le preocuparía que escuchase el consejo político de su marido el ex presidente Bill Clinton, ni que usase carteras Vuitton o cosas por el estilo. Pero en el caso de la actual Presidente entra a tallar un factor que poco tiene que ver con cuestiones ideológicas y que más bien se vincula al odio que concita cualquier figura que se insinúe como mediadora entre el Estado y la muchedumbre de los no privilegiados.
<em>Un racismo no muy encubierto</em>
Hay una cosa oscura pero esencial para comprender el fenómeno que intentamos describir: el racismo. El racismo que trabaja a buena parte de los grupos que nutren esa animosidad. Pues, aunque la Argentina se haya glorificado a sí misma como ejemplo del “crisol de razas” esta cualidad es relativa. No puede negarse que aquí se han fusionado sin problemas los inmigrantes de origen europeo, pero los connacionales de proveniencia provinciana y de tez no tan blanca, en especial si pertenecen a los estratos bajos, no han terminado de ser aceptados como iguales por la gente “bien”. Los epítetos como “grasas”, “negros de m…” son o han sido parte del vocabulario común. El fenómeno se hizo perceptible con mucha fuerza a partir de la irrupción de las masas en la política, hecho que se cumplió con el primer peronismo, cuando el nuevo proletariado se hizo presente en el escenario; pero proviene de mucho más atrás: deriva de los tiempos incluso anteriores a la organización nacional. A mediados del siglo diecinueve, sin embargo, encontró su formulación teórica y práctica más acabada. Era la época en que Sarmiento –eximio exponente de la clase ilustrada de su época- solicitaba que “no se ahorrase sangre de gauchos” y cuando Mitre confiaba al ejército de línea la misión de acabar con las resistencias que en el interior se oponían a la concepción del país factoría, desprendido de Latinoamérica y mirando hacia Europa. Proceso que se cerró con la sangría del gauchaje, juzgado como imposible de reducir a la civilización, y con el confinamiento de la vida de la población criolla a niveles de mera subsistencia.
El racismo implícito en nuestra historia tiende sus tentáculos hasta el presente: los inmigrantes de los países limítrofes, en especial los paraguayos y los bolivianos, son víctimas de este sordo rechazo proveniente de los sectores medios.
Este factor, el racismo, sumado a la aspiración a diferenciarse socialmente de las clases más bajas, han hecho de nuestra pequeña-burguesía una clase notoriamente permeable al discurso de la clase dominante. Carente de asidero sólido en el plano económico, se deja seducir por el relumbrón del “éxito” ajeno, teme quedar confundida con los sectores derrotados de nuestro pasado y cree que el fracaso de estos deriva de la holgazanería y de factores genéticos, sin tomar en cuenta el background histórico que explica esa frustración. A su modo, el conglomerado medio de la opinión argentina ha elaborado una teoría implícita que se asimila a la del “winner and loser”, del ganador y el perdedor, de tan fuerte arraigo en la cultura estadounidense y que expresa la competividad de esa sociedad. Aquí, sin embargo, esa feroz puja que caracteriza al universo norteamericano no se advierte –afortunadamente- por ningún lado y la infatuación clasista se limita a la exhibición de algunos signos emblemáticos: el auto, el colegio privado, el color de la piel –“Yo soy rubia incluso por dentro”, dice Mirtha Legrand- y la voluntaria reclusión en barrios cerrados.
La conciencia política, para “la gente como uno”, tiene entonces que adolecer de una superficialidad lamentable. Y esa superficialidad se refleja en el ámbito legislativo, donde la consigna opositora parece ser hacerle cuantas zancadillas pueda al gobierno, ocupándose de derruir cualquier posibilidad de debate serio en torno de las cuestiones que efectivamente cuentan. A saber: la necesidad de profundizar las medidas dirigidas a aumentar el empleo, la indispensable reforma del mercado laboral para eliminar algunas de las lacras del más viejo capitalismo redivivo, como es el trabajo en negro que en algunos casos roza el trabajo esclavo; la importancia de debatir una reforma de la ley de entidades financieras, la renacionalización de YPF y de la riqueza minera, y la política de Estado a fijar respecto del avasallamiento de los derechos soberanos de nuestro país en Malvinas, en estos días vulnerada por enésima vez por el comienzo de la prospección y explotación, por parte de Gran Bretaña, de la cuenca petrolera submarina que se extiende cerca de las islas.
De este último tema se ha ocupado, afortunadamente, la reciente reunión en México de la Cumbre del Grupo de Río y la Cumbre de América latina y el Caribe, donde además se ha parido a una nueva organización de integración latinoamericana y caribeña que no incluye ni a Estados Unidos ni Canadá, y que debería dejar a la Organización de Estados Americanos (OEA) relegada al desván de los recuerdos. Al menos en lo que hace a cualquier fin práctico. Pero este asunto, el de la reunión en Cancún y sus resultados, merece un examen más circunstanciado, que quedará para otra ocasión.
Aquí, sin embargo, los temas fundamentales se diluyen en el juego de masacre que se practica en las Cámaras. Es difícil encontrar un momento de nuestra historia democrática en el cual el nivel del debate haya caído tan bajo. El país está pagando todavía la devastación –física e intelectual- que produjo el período negro que enganchó a la dictadura con su sucesión legalmente constituida, pero sometida al espejismo de la libertad de mercado y del desguace del Estado.
Volver a construir una conciencia realista en torno de estas cosas llevará tiempo y esfuerzo. Sin embargo, a pesar de los errores cometidos a lo largo del período que arranca con la náusea popular que desbancó al neoliberalismo en Diciembre del 2001, se ha recorrido un trecho en este camino. Es importante que la vía continúe expedita.
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La oposición al actual gobierno argentino es variopinta. E ininteligible si se presume la existencia de una razón ideológica para intentar comprender su actitud. Por cierto, existe un núcleo duro en ese conglomerado que posee un proyecto, el más siniestro que imaginarse pueda: un retorno al esquema económico del Consenso de Washington, una vuelta a los ’90. Sus personeros se identifican con lo peor que ha habido en la política argentina, y tienen, en muchísimos casos, nexos con la dictadura militar de 1976-1983. Otras agrupaciones, en cambio, se identifican con políticas económicas que se dicen de izquierda. Sin embargo, con su actitud derogatoria respecto del Ejecutivo, terminan prestando un apoyo incomprensible a los personajes expresivos de la derecha cruda y nuda, únicos fautores de poder sobre los que podría recaer el gobierno en el caso de que el Frente para la Victoria fuese desalojado del gobierno en las elecciones del año próximo. La recurrente concurrencia, en tiempos recientes, del máximo exponente del Proyecto Sur a entrevistas mediáticas piloteadas por personeros del sistema que devastó al país durante casi 30 años y su preocupación en atacar primordialmente a la actual administración, callando respecto de la nocividad de sus adversarios, es expresiva de esta paradoja.
Pero, más allá de esta singularidad política, el sustento de la opinión pública a los diversos sectores del frente opositor es considerable. Aunque varía o aparenta variar en sus motivos, el núcleo sustantivo de esa posición es una inequívoca animadversión hacia el Ejecutivo y hacia quienes lo integran. Esa inquina es comprensible en los grupos concentrados del poder financiero, personeros del modelo que sólo concibe al país como entidad dependiente. Estos grupos, que como sistema de intereses han comandado la mayor parte de la historia argentina, se encuentran estrechamente ligados al imperialismo, que otorga un rol subordinado a este país y al resto de los países iberoamericanos, con la excepción –relativa- de Brasil. En cambio, el por qué de ese rencor en vastos estratos de nuestra clase media no es fácil de comprender si nos atenemos a los datos objetivos.
Una cierta proporción de este conglomerado está representado por chacareros enriquecidos y por las personas vinculadas al sector en las ciudades del interior que viven del comercio de granos. Todos ellos abominan de cualquier regulación que trabe o pueda trabar su apetito de ganancia. Las motivaciones de este grupo, por mezquinas que sean, tienen, a pesar de todo, una explicación racional: cierta insolidaridad, que en buena medida deviene del egoísmo de raíz inmigrante, expresivo de un individualismo que antepone el propio interés a cualquier otra cosa. Pero, ¿qué decir de los numerosos integrantes de la clase media de las grandes urbes que no tienen un motivo concreto para fundar su antipatía hacia el gobierno?
Si atendemos a las declamaciones de una de las figuras más expectables de la oposición y que tiene un impacto relativamente grande en ese estamento, como Elisa Carrió, el motivo de esa inquina estaría determinado por el “autoritarismo” del Ejecutivo, por la “corrupción” que lo roería por todos los frentes y por sus pretensiones de eternizarse en el poder. En el fabuloso imaginario de la señora Carrió, estos datos se hermanan con comparaciones inesperadas y desprovistas de cualquier tipo de asidero, como su evaluación de Néstor Kirchner como un Hitler sin campos de concentración.
No es probable que este dislate de la líder de la Coalición Cívica sea creído por la opinión media que se opone al gobierno. El rencor de esta tiene orígenes más difusos. Y que por ser difusos (y confusos) moviliza a ese sector incluso contra sus propios intereses. No es la primera ocasión en que esto sucede: en 1955 el gorilismo de los estamentos medios contribuyó a derrocar un régimen transformador que, cualesquiera hayan sido sus defectos, gozaba de legitimidad democrática y representaba un proyecto coherente de potenciación industrial que arrastraba a los sectores populares, incluida la clase media, a una mejor distribución y disfrute de la riqueza.
Ahora, en otra escala, se produce algo parecido. ¿Por qué?
Tracemos un cuadro de lo acontecido desde 2003. Después de 25 años de devastación neoliberal, en 2003 se produce la reaparición del Estado para corregir las peores lacras de los desniveles sociales, renace el fomento del mercado interno como motor de la economía, se produce una industrialización apreciable y la política exterior abandona el alineamiento automático con Estados Unidos, dirigiendo sus esfuerzos al fortalecimiento de los lazos con América latina como expediente para lograr la integración del bloque regional que es necesario para enfrentar a la marea globalizadora de impronta neoliberal que se desploma sobre el mundo. Además, y pronunciando el énfasis intervencionista, el Estado se reapropia del sistema jubilatorio, renacionaliza algunas empresas arbitrariamente privatizadas en los ’90 e intenta imponer cierta racionalidad impositiva en la ganancia agraria. Y, finalmente, lanza la ley de medios audiovisuales, que trata de romper el monopolio de la prensa por algunas empresas encastilladas en unas posiciones de poder desde las cuales transmite los contenidos monotemáticos del neocapitalismo ligado a una transnacionalización que apunta a perpetuar el sometimiento al imperialismo.
La economía, pese a una inflación controlada y a una crisis mundial que trastorna a los mercados, se mantiene firme, y ninguno de los pronósticos apocalípticos emitidos por los gurús de turno, sean políticos o especialistas en cuestiones contables, se cumple. El gobierno, desde luego, comete un error de bulto al tergiversar las cifras del Indec; ese traspié es explotado por los monopolios de prensa y la oposición aprovecha la ocasión para sembrar aun más la duda en esos sectores medios que conforman su clientela. Pero los índices objetivos de la situación económica –empleo, exportaciones, balanza comercial y nivel de vida de los sectores medios- no son mayormente afectados. Señal de esto último es el pleno que en materia de disponibilidad habitacional se produce en la costa y en los principales centros turísticos de todo el país durante la presente temporada veraniega.
A pesar de esto una ancha franja de la clase media incuba un rencor incurable contra el Ejecutivo y, sobre todo, contra la persona que lo encarna en primer término. “Yegua” es la más suave de las descalificaciones con que obsequia a Cristina Fernández de Kirchner. La burla, la irritación, el desdén que provoca la Presidenta en la clase media no tienen razón de ser y no pueden ser computados como parte de una reacción racional. Más bien comparten el mismo rencor que eclosionó en 1955, que hizo que ese sector social aplaudiera el bombardeo del 16 de Junio –el mayor atentado terrorista que sufrió el país- y que sustentara las políticas discriminatorias para con la mayoría del pueblo durante los 18 años de proscripción del peronismo, con las catastróficas consecuencias que sabemos.
Esta antipatía visceral contra la Presidenta no se puede sostener con argumentos lógicos; sólo el placer de la invectiva ciega es capaz de explicarla. Ahora bien, ¿qué se le puede reprochar a Cristina Fernández a nivel personal? Es un cuadro político muy preparado, conoce de economía y es una excelente expositora. En más de un sentido nos parece superior a su marido el ex presidente, quien, con demasiada frecuencia, aparece sujeto a arrebatos de oportunismo que rozan la arbitrariedad.
Sus cualidades no salvan a Cristina Fernández, pues quienes están decididos a odiar por odiar nunca quedarán satisfechos por las virtudes del objeto de su repulsa. En esta animadversión late, indiscutiblemente, esa sensibilidad gorila a la que hacíamos alusión y que deviene de la cortedad de miras y sobre todo de una antipatía incurable hacia todo lo que, de lejos o de cerca, huela a real representatividad popular o a proposiciones transformadoras de la sociedad que alteren el estado de cosas. Si nuestra presidenta fuera Hillary Clinton, por ejemplo, a nadie le preocuparía que escuchase el consejo político de su marido el ex presidente Bill Clinton, ni que usase carteras Vuitton o cosas por el estilo. Pero en el caso de la actual Presidente entra a tallar un factor que poco tiene que ver con cuestiones ideológicas y que más bien se vincula al odio que concita cualquier figura que se insinúe como mediadora entre el Estado y la muchedumbre de los no privilegiados.
<em>Un racismo no muy encubierto</em>
Hay una cosa oscura pero esencial para comprender el fenómeno que intentamos describir: el racismo. El racismo que trabaja a buena parte de los grupos que nutren esa animosidad. Pues, aunque la Argentina se haya glorificado a sí misma como ejemplo del “crisol de razas” esta cualidad es relativa. No puede negarse que aquí se han fusionado sin problemas los inmigrantes de origen europeo, pero los connacionales de proveniencia provinciana y de tez no tan blanca, en especial si pertenecen a los estratos bajos, no han terminado de ser aceptados como iguales por la gente “bien”. Los epítetos como “grasas”, “negros de m…” son o han sido parte del vocabulario común. El fenómeno se hizo perceptible con mucha fuerza a partir de la irrupción de las masas en la política, hecho que se cumplió con el primer peronismo, cuando el nuevo proletariado se hizo presente en el escenario; pero proviene de mucho más atrás: deriva de los tiempos incluso anteriores a la organización nacional. A mediados del siglo diecinueve, sin embargo, encontró su formulación teórica y práctica más acabada. Era la época en que Sarmiento –eximio exponente de la clase ilustrada de su época- solicitaba que “no se ahorrase sangre de gauchos” y cuando Mitre confiaba al ejército de línea la misión de acabar con las resistencias que en el interior se oponían a la concepción del país factoría, desprendido de Latinoamérica y mirando hacia Europa. Proceso que se cerró con la sangría del gauchaje, juzgado como imposible de reducir a la civilización, y con el confinamiento de la vida de la población criolla a niveles de mera subsistencia.
El racismo implícito en nuestra historia tiende sus tentáculos hasta el presente: los inmigrantes de los países limítrofes, en especial los paraguayos y los bolivianos, son víctimas de este sordo rechazo proveniente de los sectores medios.
Este factor, el racismo, sumado a la aspiración a diferenciarse socialmente de las clases más bajas, han hecho de nuestra pequeña-burguesía una clase notoriamente permeable al discurso de la clase dominante. Carente de asidero sólido en el plano económico, se deja seducir por el relumbrón del “éxito” ajeno, teme quedar confundida con los sectores derrotados de nuestro pasado y cree que el fracaso de estos deriva de la holgazanería y de factores genéticos, sin tomar en cuenta el background histórico que explica esa frustración. A su modo, el conglomerado medio de la opinión argentina ha elaborado una teoría implícita que se asimila a la del “winner and loser”, del ganador y el perdedor, de tan fuerte arraigo en la cultura estadounidense y que expresa la competividad de esa sociedad. Aquí, sin embargo, esa feroz puja que caracteriza al universo norteamericano no se advierte –afortunadamente- por ningún lado y la infatuación clasista se limita a la exhibición de algunos signos emblemáticos: el auto, el colegio privado, el color de la piel –“Yo soy rubia incluso por dentro”, dice Mirtha Legrand- y la voluntaria reclusión en barrios cerrados.
La conciencia política, para “la gente como uno”, tiene entonces que adolecer de una superficialidad lamentable. Y esa superficialidad se refleja en el ámbito legislativo, donde la consigna opositora parece ser hacerle cuantas zancadillas pueda al gobierno, ocupándose de derruir cualquier posibilidad de debate serio en torno de las cuestiones que efectivamente cuentan. A saber: la necesidad de profundizar las medidas dirigidas a aumentar el empleo, la indispensable reforma del mercado laboral para eliminar algunas de las lacras del más viejo capitalismo redivivo, como es el trabajo en negro que en algunos casos roza el trabajo esclavo; la importancia de debatir una reforma de la ley de entidades financieras, la renacionalización de YPF y de la riqueza minera, y la política de Estado a fijar respecto del avasallamiento de los derechos soberanos de nuestro país en Malvinas, en estos días vulnerada por enésima vez por el comienzo de la prospección y explotación, por parte de Gran Bretaña, de la cuenca petrolera submarina que se extiende cerca de las islas.
De este último tema se ha ocupado, afortunadamente, la reciente reunión en México de la Cumbre del Grupo de Río y la Cumbre de América latina y el Caribe, donde además se ha parido a una nueva organización de integración latinoamericana y caribeña que no incluye ni a Estados Unidos ni Canadá, y que debería dejar a la Organización de Estados Americanos (OEA) relegada al desván de los recuerdos. Al menos en lo que hace a cualquier fin práctico. Pero este asunto, el de la reunión en Cancún y sus resultados, merece un examen más circunstanciado, que quedará para otra ocasión.
Aquí, sin embargo, los temas fundamentales se diluyen en el juego de masacre que se practica en las Cámaras. Es difícil encontrar un momento de nuestra historia democrática en el cual el nivel del debate haya caído tan bajo. El país está pagando todavía la devastación –física e intelectual- que produjo el período negro que enganchó a la dictadura con su sucesión legalmente constituida, pero sometida al espejismo de la libertad de mercado y del desguace del Estado.
Volver a construir una conciencia realista en torno de estas cosas llevará tiempo y esfuerzo. Sin embargo, a pesar de los errores cometidos a lo largo del período que arranca con la náusea popular que desbancó al neoliberalismo en Diciembre del 2001, se ha recorrido un trecho en este camino. Es importante que la vía continúe expedita.
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viernes, 1 de octubre de 2010
De Afganistán a Malvinas
De Afganistán a Malvinas
El dinamismo de la política imperialista no cede. Es inevitable que así sea pues, como sucede con un hombre que monta en bicicleta, el movimiento es la única garantía que tiene para conservar el equilibrio.

A poco más de un año de la asunción de Barack Obama como presidente de Estados Unidos la realidad ha confirmado lo que preveían los observadores más escépticos del irresistible ascenso del carismático líder negro, primer hombre de color en empinarse a tan alto cargo. Esto es, que el nuevo presidente no iba a cambiar o no podría cambiar nada. Más que nunca, por lo tanto, quienes vivimos bajo la férula –directa o indirecta- del sistema mundial capitaneado por Washington, debemos hacer nuestras propias cuentas y visualizar nuestras propias opciones para escapar del torno que nos oprime.
El momento es de riesgo para América latina. Los problemas de Estados Unidos para sostenerse en la cúspide como única superpotencia mundial no son pocos. Lejos de disuadirlo, ello tiende a exacerbar su agresividad en las áreas que estima claves para conservar los recursos esenciales para mantener la supremacía. En el Asia central y el Medio Oriente ese activismo norteamericano es más que notorio. El resultado de los emprendimientos militares que sostiene en Afganistán o Irak es vidrioso y no es improbable que se sellen en sendos fracasos a largo plazo. Pero de momento están en auge. Y sirven asimismo para reconfirmar el enfeudamiento de los países de la Otan al programa norteamericano de expansión hacia el Este. El 4 y el 5 de febrero se reunieron en Estambul los 28 ministros de Defensa de los países pertenecientes al pacto. Esa reunión seguía a otra mantenida en Bruselas que juntó a 63 altos jefes militares, más sus equivalentes de Israel y Pakistán. La primera de las reuniones mencionadas fue presidida por el comandante de los 150.000 soldados estadounidenses estacionados en Afganistán, el general Stanley McChrystal, mientras que la otra contó con la dirección del Secretario de Defensa del gobierno de Obama, el señor Robert Gates. El temario estuvo centrado en la guerra afgana y en el nuevo concepto estratégico de la alianza, que incluye el despliegue de varios “escudos antimisiles” en la frontera o en las proximidades de las fronteras rusas. Rumania se ha añadido a Polonia y a la República Checa en la disposición de albergar esos sistemas de armas, claramente dirigidos a inhabilitar la capacidad de respuesta rusa a una eventualidad militar que la amenace. La fractura del sistema de disuasión nuclear se haría así inevitable y la potencial respuesta del Kremlin o al menos la adopción de contramedidas estratégicas dirigidas a contrabatir el acoso a que se verá sometido, tensará aun más la situación.
Todo esto engendra peligros de una magnitud difícil de valorar, pero en cualquier caso indica que el mundo está ingresando a una época volátil. Esto no es nuevo; no bien se derrumbó el “socialismo real” la agresividad estadounidense se instaló por sus fueros; pero en ese momento la capacidad de reacción del adversario global se veía reducida por el caos que siguió a la disolución de la URSS, mientras que hoy Rusia tiene un gobierno fuerte, que podrá disgustar a muchos pero que evidentemente está en disposición de resguardar sus intereses nacionales y de comenzar a reconstruir la zona de influencia que le es propia. En Ucrania en primer lugar. La primera ministra Yulia Timochenko, aleccionada por la realidad respecto de lo que significa la presión rusa en materia de consentir la circulación gasífera con destino a Europa occidental, en la práctica se ha alejado de sus posturas originales, orientadas a favorecer los vínculos con la UE y la Otan. Esto dejaría a ella y al pro ruso Víctor Yanukovich frente a frente en una elección que, respecto a la relación con el Oso, no prevería mayores sobresaltos y que, desde luego, limitaría los objetivos atlantistas a metas mucho más moderadas que las imaginadas por el geoestratega mayor de Washington, Zbygniew Brzezinski.
El laberinto latinoamericano
Las complicaciones crecientes en que se introduce el sistema norteamericano con el objeto de imponer su propia voluntad en el esquema globalizador capitalista no desaniman a los personeros del régimen. Por el contrario, parecería excitarlos a redondear sus ambiciones y a prevenir las amenazas de carácter estratégico que creen discernir en Estados que no les son necesariamente hostiles, pero que pretenden establecer sus propias coordenadas para orientar su desarrollo. América latina, tradicionalmente considerada por la oligarquía político-económica que controla Washington como el “patio trasero” de Estados Unidos y, por lo tanto, como su coto de caza, está cobrando nuevamente gran relevancia en el planeamiento del Pentágono. La campaña mediática contra Hugo Chávez se mantiene con el vigor de siempre y, lo que es mucho más grave, la cuestión de las bases militares USA en Colombia no admite ninguna marcha atrás, mientras se agravan las tensiones entre este último país y Venezuela. La probabilidad de una guerra entre ambas naciones, fogoneada y sostenida por Estados Unidos, es cualquier cosa menos remota si no prosperan los intentos de expulsar del poder a Chávez apelando a recursos drásticos pero menos costosos: el asesinato o el golpe de Estado, por ejemplo. La existencia de trece bases norteamericanas que rodean a Venezuela desde Colombia, Panamá, Aruba y Curaçao, más la presencia amenazante de la reinventada IV Flota, son indicios inequívocos de que la tormenta se cierne en el Caribe.
La razón de la agresividad norteamericana es relativamente simple; no sólo Chávez y su revolución bolivariana representan un ejemplo y un modelo a imitar en otras regiones del subcontinente, a pesar de sus limitaciones y su incapacidad para armarse como una opción liberada de rémoras como las significadas por la corrupción y el arribismo que impregnaría a muchos estamentos del partido oficialista, sino que Venezuela en sí misma representa un reservorio en materia de energía que Estados Unidos codicia y que además importa a todo su planteamiento estratégico. Como apunta Federico Bernal en Le Monde diplomatique de Enero, la Unión americana es el principal consumidor del planeta en materia de petróleo crudo y de productos derivados, con un 22,5 por ciento del consumo mundial, seguido por la Unión Europea con el 17,9 por ciento y China con el 10 por ciento. Estados Unidos perdió su autosuficiencia energética poco después de la segunda guerra mundial y su producción doméstica de crudo está en baja desde 1985. Colombia, Ecuador y Venezuela aportan el 14,63 por ciento del petróleo que importa Estados Unidos y, de los tres, Venezuela es de lejos el país que contiene las reservas más importantes del continente. En efecto, se estima que, una vez certificadas las reservas de la Faja del Orinoco, “el país caribeño se convertirá en la mayor reserva comprobada de crudo en el mundo, con 313.000 millones de barriles (Arabia Saudita cuenta con 264.000 millones). En materia de gas natural, de confirmarse los volúmenes contenidos en el mega-yacimiento gasífero recientemente descubierto, Venezuela automáticamente escalaría de la novena a la cuarta posición como mayor reservorio mundial en este recurso”.
No hay porqué extrañarse, por lo tanto, respecto de la movilización militar norteamericana en torno de este país y acerca de las continuas denuncias de “armamentismo” que se lanzan contra este, a pesar de que los países de Latinoamérica que cuentan con el mayor presupuesto bélico son Brasil, Colombia y Chile.
El caso Malvinas redivivo
Jorge Luis Borges tuvo, en ocasión del conflicto que involucró a nuestro país con Gran Bretaña en 1982 a propósito de Malvinas, una frase tan ingeniosa como falsa: “Es la pelea de dos calvos por un peine”. Esta boutade hizo su camino en el clima de desmalvinización que siguió a la derrota argentina en la guerra. Servía como coartada para justificar el renuncio, la sumisión de los estratos dirigentes del país a concepciones tan decadentes como las del “paraguas de la soberanía” y sobre todo, el de la “política de la seducción”, acuñada por el canciller del gobierno de Carlos Menem, el desaparecido Guido di Tella, para recuperar cierta influencia en la conformación de los acontecimientos. La impotencia militar en que se encontraba –y se encuentra- Argentina frente al hecho del despliegue de la mera fuerza bruta para resolver una cuestión que atañe a su soberanía, era ficticiamente resuelta con el verso de que la razón y los buenos modales prevalecerían al final y de que la partida no valía la apuesta. Sólo un presunto borracho como Galtieri y un gobierno condenado como el de la dictadura militar podrían haber jugado la carta de la recuperación de unas islas yermas para absolver sus culpas y recuperar aire frente a la opinión pública.
Ahora, sin embargo, con el lanzamiento de la prospección petrolera de parte de Gran Bretaña, vuelve a hacerse evidente lo que estaba claro desde 1975: que las reservas energéticas submarinas del área austral son potencialmente muy importantes y que el Reino Unido, que en ciertas circunstancias podría haberse avenido a razones y negociado al menos una soberanía compartida en las islas, no iba a soltar la presa e iba a usar a los kelpers como pretexto, a través del resguardo de su derecho a la autodeterminación, para mantenerse en sus trece. En 1982 numerosos informes científicos internacionales habían puesto de manifiesto que las reservas petrolíferas de la cuenca sedimentaria que rodea a las Malvinas superarían a las existentes en el Mar del Norte. La guerra, por lo tanto, no se debió a una saturación etílica de Galtieri ni a un desarreglo hormonal de la primera ministra Margaret Thatcher; fue la expresión de una forma de escapar al persistente impasse en que la actitud inglesa ponía a la Argentina y, a la vez, la exteriorización de la astucia y la voluntad británicas para provocar esa reacción a fin de darle un corte favorable al asunto. Que la dictadura argentina haya caído en el lazo que le habían tendido, que una vez estallada la crisis haya demostrado una incompetencia supina en el plano diplomático y que la conducción de las operaciones haya adolecido de fallas que redujeron el ya estrecho margen para obtener una victoria circunstancial, es otro tema de análisis.
La guerra austral puso de manifiesto la solidez del pacto noratlántico y fue, en este sentido, un preludio al intervencionismo global de la Otan en el período posviético, que acaecería diez años después. El conflicto terminó de postrar al país, ya devastado por la represión y el desguace económico lanzado por Alfredo Martínez de Hoz. Lo que vino después no hizo sino marcar aun más esa postración. Por eso la actitud del gobierno de Cristina Fernández en el sentido de trabar la navegación de buques que se dirijan a área Malvinas cruzando el Mar Argentino sin permiso, y de tomar represalias contra las empresas británicas que estén asociadas al emprendimiento exploratorio en aguas australes, es justa y oportuna. No se puede ir más allá, lamentablemente, pero esa decisión representa un cambio nada insignificante respecto de las tesituras de gobiernos anteriores.
No se puede ir más allá, decimos. La realidad se impone y este tipo de protesta es la única posible, dada la disparidad de fuerzas. Sin embargo, subsiste otra opción. Difícil de asumir pues este gobierno, aunque esté mucho más allá de la oposición en materia de objetivos de carácter abarcador –en lo referido a la justicia social, la industrialización, la soberanía y el empleo- está lejos todavía de poseer la voluntad que es necesaria para adoptar política más duras frente a Gran Bretaña. Esto, por otra parte, existiese o no existiese esa voluntad, es provisoriamente inviable dada no sólo la debilidad de nuestro país en materia militar, sino porque ni nuestra base social ni la mera sensatez aconsejaría semejante camino para una recuperación integral de las islas. La vía para ello pasa inequívocamente por una acción coordinada con los países de América latina –especialmente con Brasil, Venezuela y Uruguay- que permita instalar al tema como un asunto que atañe a una problemática continental, lo que presupondría a su vez la existencia de una unidad entre nuestros países en el plano práctico de la defensa y la diplomacia. Falta bastante para esto, todavía.
Restan sin embargo otros caminos para hacer sentir la presencia nacional en temas como este y dentro del ámbito inobjetable y reconocido internacionalmente de los límites de Argentina. La furia privatizadora del menemismo dejó a los recursos mineros del país librados a los monopolios transnacionales. Repsol para el petróleo y la Barrick Gold para el oro son los casos más ostensibles de ese saqueo. Decimos saqueo porque los beneficios y las ganancias que arroja la explotación del subsuelo no son reinvertidos localmente. Una renacionalización de esos recursos, el retorno al principio de la inviolabilidad del suelo asentado por Irigoyen y Perón serían expedientes muy idóneos y a nuestro alcance para oponerse al curso general de la política del bloque nórdico. Para eso haría falta, sin embargo, una seriedad y una generosidad de parte de los protagonistas políticos del país que brilla por su ausencia. La oposición, embrollada en una pelea mezquina con el gobierno, no va a ser muy fácil que acuerde con este –que por otra parte no demuestra gran voluntad de lanzarse por un camino que lo complique aun más de lo que está- las políticas de Estado que son necesarias para proceder en ese sentido.
El comienzo de las actividades británicas de prospección en gran escala en el área Malvinas, la puntualización por The Observer en el sentido de remilitarizar la zona, las afirmaciones de Gordon Brown acerca de la soberanía británica sobre las “Falkland”, son parte del mismo envite que el proyecto globalizador allega a zonas como el Asia central, los Balcanes y las fronteras rusas con Ucrania y las repúblicas caucásicas. Es parte de una ofensiva general que, a pesar de la crisis que sacude a los mercados, no puede renunciar a sus objetivos, pues solo en el movimiento puede encontrar un equilibrio. Si se detiene, el sistema se cae. Habrá que esperar, por lo tanto, nuevas y más inquietantes sorpresas para el futuro próximo.
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Fuente: Reseau Voltaire.
Federico Bernal: La clave está en Caracas, Le Monde Diplomatique, enero de 2010.
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El dinamismo de la política imperialista no cede. Es inevitable que así sea pues, como sucede con un hombre que monta en bicicleta, el movimiento es la única garantía que tiene para conservar el equilibrio.
A poco más de un año de la asunción de Barack Obama como presidente de Estados Unidos la realidad ha confirmado lo que preveían los observadores más escépticos del irresistible ascenso del carismático líder negro, primer hombre de color en empinarse a tan alto cargo. Esto es, que el nuevo presidente no iba a cambiar o no podría cambiar nada. Más que nunca, por lo tanto, quienes vivimos bajo la férula –directa o indirecta- del sistema mundial capitaneado por Washington, debemos hacer nuestras propias cuentas y visualizar nuestras propias opciones para escapar del torno que nos oprime.
El momento es de riesgo para América latina. Los problemas de Estados Unidos para sostenerse en la cúspide como única superpotencia mundial no son pocos. Lejos de disuadirlo, ello tiende a exacerbar su agresividad en las áreas que estima claves para conservar los recursos esenciales para mantener la supremacía. En el Asia central y el Medio Oriente ese activismo norteamericano es más que notorio. El resultado de los emprendimientos militares que sostiene en Afganistán o Irak es vidrioso y no es improbable que se sellen en sendos fracasos a largo plazo. Pero de momento están en auge. Y sirven asimismo para reconfirmar el enfeudamiento de los países de la Otan al programa norteamericano de expansión hacia el Este. El 4 y el 5 de febrero se reunieron en Estambul los 28 ministros de Defensa de los países pertenecientes al pacto. Esa reunión seguía a otra mantenida en Bruselas que juntó a 63 altos jefes militares, más sus equivalentes de Israel y Pakistán. La primera de las reuniones mencionadas fue presidida por el comandante de los 150.000 soldados estadounidenses estacionados en Afganistán, el general Stanley McChrystal, mientras que la otra contó con la dirección del Secretario de Defensa del gobierno de Obama, el señor Robert Gates. El temario estuvo centrado en la guerra afgana y en el nuevo concepto estratégico de la alianza, que incluye el despliegue de varios “escudos antimisiles” en la frontera o en las proximidades de las fronteras rusas. Rumania se ha añadido a Polonia y a la República Checa en la disposición de albergar esos sistemas de armas, claramente dirigidos a inhabilitar la capacidad de respuesta rusa a una eventualidad militar que la amenace. La fractura del sistema de disuasión nuclear se haría así inevitable y la potencial respuesta del Kremlin o al menos la adopción de contramedidas estratégicas dirigidas a contrabatir el acoso a que se verá sometido, tensará aun más la situación.
Todo esto engendra peligros de una magnitud difícil de valorar, pero en cualquier caso indica que el mundo está ingresando a una época volátil. Esto no es nuevo; no bien se derrumbó el “socialismo real” la agresividad estadounidense se instaló por sus fueros; pero en ese momento la capacidad de reacción del adversario global se veía reducida por el caos que siguió a la disolución de la URSS, mientras que hoy Rusia tiene un gobierno fuerte, que podrá disgustar a muchos pero que evidentemente está en disposición de resguardar sus intereses nacionales y de comenzar a reconstruir la zona de influencia que le es propia. En Ucrania en primer lugar. La primera ministra Yulia Timochenko, aleccionada por la realidad respecto de lo que significa la presión rusa en materia de consentir la circulación gasífera con destino a Europa occidental, en la práctica se ha alejado de sus posturas originales, orientadas a favorecer los vínculos con la UE y la Otan. Esto dejaría a ella y al pro ruso Víctor Yanukovich frente a frente en una elección que, respecto a la relación con el Oso, no prevería mayores sobresaltos y que, desde luego, limitaría los objetivos atlantistas a metas mucho más moderadas que las imaginadas por el geoestratega mayor de Washington, Zbygniew Brzezinski.
El laberinto latinoamericano
Las complicaciones crecientes en que se introduce el sistema norteamericano con el objeto de imponer su propia voluntad en el esquema globalizador capitalista no desaniman a los personeros del régimen. Por el contrario, parecería excitarlos a redondear sus ambiciones y a prevenir las amenazas de carácter estratégico que creen discernir en Estados que no les son necesariamente hostiles, pero que pretenden establecer sus propias coordenadas para orientar su desarrollo. América latina, tradicionalmente considerada por la oligarquía político-económica que controla Washington como el “patio trasero” de Estados Unidos y, por lo tanto, como su coto de caza, está cobrando nuevamente gran relevancia en el planeamiento del Pentágono. La campaña mediática contra Hugo Chávez se mantiene con el vigor de siempre y, lo que es mucho más grave, la cuestión de las bases militares USA en Colombia no admite ninguna marcha atrás, mientras se agravan las tensiones entre este último país y Venezuela. La probabilidad de una guerra entre ambas naciones, fogoneada y sostenida por Estados Unidos, es cualquier cosa menos remota si no prosperan los intentos de expulsar del poder a Chávez apelando a recursos drásticos pero menos costosos: el asesinato o el golpe de Estado, por ejemplo. La existencia de trece bases norteamericanas que rodean a Venezuela desde Colombia, Panamá, Aruba y Curaçao, más la presencia amenazante de la reinventada IV Flota, son indicios inequívocos de que la tormenta se cierne en el Caribe.
La razón de la agresividad norteamericana es relativamente simple; no sólo Chávez y su revolución bolivariana representan un ejemplo y un modelo a imitar en otras regiones del subcontinente, a pesar de sus limitaciones y su incapacidad para armarse como una opción liberada de rémoras como las significadas por la corrupción y el arribismo que impregnaría a muchos estamentos del partido oficialista, sino que Venezuela en sí misma representa un reservorio en materia de energía que Estados Unidos codicia y que además importa a todo su planteamiento estratégico. Como apunta Federico Bernal en Le Monde diplomatique de Enero, la Unión americana es el principal consumidor del planeta en materia de petróleo crudo y de productos derivados, con un 22,5 por ciento del consumo mundial, seguido por la Unión Europea con el 17,9 por ciento y China con el 10 por ciento. Estados Unidos perdió su autosuficiencia energética poco después de la segunda guerra mundial y su producción doméstica de crudo está en baja desde 1985. Colombia, Ecuador y Venezuela aportan el 14,63 por ciento del petróleo que importa Estados Unidos y, de los tres, Venezuela es de lejos el país que contiene las reservas más importantes del continente. En efecto, se estima que, una vez certificadas las reservas de la Faja del Orinoco, “el país caribeño se convertirá en la mayor reserva comprobada de crudo en el mundo, con 313.000 millones de barriles (Arabia Saudita cuenta con 264.000 millones). En materia de gas natural, de confirmarse los volúmenes contenidos en el mega-yacimiento gasífero recientemente descubierto, Venezuela automáticamente escalaría de la novena a la cuarta posición como mayor reservorio mundial en este recurso”.
No hay porqué extrañarse, por lo tanto, respecto de la movilización militar norteamericana en torno de este país y acerca de las continuas denuncias de “armamentismo” que se lanzan contra este, a pesar de que los países de Latinoamérica que cuentan con el mayor presupuesto bélico son Brasil, Colombia y Chile.
El caso Malvinas redivivo
Jorge Luis Borges tuvo, en ocasión del conflicto que involucró a nuestro país con Gran Bretaña en 1982 a propósito de Malvinas, una frase tan ingeniosa como falsa: “Es la pelea de dos calvos por un peine”. Esta boutade hizo su camino en el clima de desmalvinización que siguió a la derrota argentina en la guerra. Servía como coartada para justificar el renuncio, la sumisión de los estratos dirigentes del país a concepciones tan decadentes como las del “paraguas de la soberanía” y sobre todo, el de la “política de la seducción”, acuñada por el canciller del gobierno de Carlos Menem, el desaparecido Guido di Tella, para recuperar cierta influencia en la conformación de los acontecimientos. La impotencia militar en que se encontraba –y se encuentra- Argentina frente al hecho del despliegue de la mera fuerza bruta para resolver una cuestión que atañe a su soberanía, era ficticiamente resuelta con el verso de que la razón y los buenos modales prevalecerían al final y de que la partida no valía la apuesta. Sólo un presunto borracho como Galtieri y un gobierno condenado como el de la dictadura militar podrían haber jugado la carta de la recuperación de unas islas yermas para absolver sus culpas y recuperar aire frente a la opinión pública.
Ahora, sin embargo, con el lanzamiento de la prospección petrolera de parte de Gran Bretaña, vuelve a hacerse evidente lo que estaba claro desde 1975: que las reservas energéticas submarinas del área austral son potencialmente muy importantes y que el Reino Unido, que en ciertas circunstancias podría haberse avenido a razones y negociado al menos una soberanía compartida en las islas, no iba a soltar la presa e iba a usar a los kelpers como pretexto, a través del resguardo de su derecho a la autodeterminación, para mantenerse en sus trece. En 1982 numerosos informes científicos internacionales habían puesto de manifiesto que las reservas petrolíferas de la cuenca sedimentaria que rodea a las Malvinas superarían a las existentes en el Mar del Norte. La guerra, por lo tanto, no se debió a una saturación etílica de Galtieri ni a un desarreglo hormonal de la primera ministra Margaret Thatcher; fue la expresión de una forma de escapar al persistente impasse en que la actitud inglesa ponía a la Argentina y, a la vez, la exteriorización de la astucia y la voluntad británicas para provocar esa reacción a fin de darle un corte favorable al asunto. Que la dictadura argentina haya caído en el lazo que le habían tendido, que una vez estallada la crisis haya demostrado una incompetencia supina en el plano diplomático y que la conducción de las operaciones haya adolecido de fallas que redujeron el ya estrecho margen para obtener una victoria circunstancial, es otro tema de análisis.
La guerra austral puso de manifiesto la solidez del pacto noratlántico y fue, en este sentido, un preludio al intervencionismo global de la Otan en el período posviético, que acaecería diez años después. El conflicto terminó de postrar al país, ya devastado por la represión y el desguace económico lanzado por Alfredo Martínez de Hoz. Lo que vino después no hizo sino marcar aun más esa postración. Por eso la actitud del gobierno de Cristina Fernández en el sentido de trabar la navegación de buques que se dirijan a área Malvinas cruzando el Mar Argentino sin permiso, y de tomar represalias contra las empresas británicas que estén asociadas al emprendimiento exploratorio en aguas australes, es justa y oportuna. No se puede ir más allá, lamentablemente, pero esa decisión representa un cambio nada insignificante respecto de las tesituras de gobiernos anteriores.
No se puede ir más allá, decimos. La realidad se impone y este tipo de protesta es la única posible, dada la disparidad de fuerzas. Sin embargo, subsiste otra opción. Difícil de asumir pues este gobierno, aunque esté mucho más allá de la oposición en materia de objetivos de carácter abarcador –en lo referido a la justicia social, la industrialización, la soberanía y el empleo- está lejos todavía de poseer la voluntad que es necesaria para adoptar política más duras frente a Gran Bretaña. Esto, por otra parte, existiese o no existiese esa voluntad, es provisoriamente inviable dada no sólo la debilidad de nuestro país en materia militar, sino porque ni nuestra base social ni la mera sensatez aconsejaría semejante camino para una recuperación integral de las islas. La vía para ello pasa inequívocamente por una acción coordinada con los países de América latina –especialmente con Brasil, Venezuela y Uruguay- que permita instalar al tema como un asunto que atañe a una problemática continental, lo que presupondría a su vez la existencia de una unidad entre nuestros países en el plano práctico de la defensa y la diplomacia. Falta bastante para esto, todavía.
Restan sin embargo otros caminos para hacer sentir la presencia nacional en temas como este y dentro del ámbito inobjetable y reconocido internacionalmente de los límites de Argentina. La furia privatizadora del menemismo dejó a los recursos mineros del país librados a los monopolios transnacionales. Repsol para el petróleo y la Barrick Gold para el oro son los casos más ostensibles de ese saqueo. Decimos saqueo porque los beneficios y las ganancias que arroja la explotación del subsuelo no son reinvertidos localmente. Una renacionalización de esos recursos, el retorno al principio de la inviolabilidad del suelo asentado por Irigoyen y Perón serían expedientes muy idóneos y a nuestro alcance para oponerse al curso general de la política del bloque nórdico. Para eso haría falta, sin embargo, una seriedad y una generosidad de parte de los protagonistas políticos del país que brilla por su ausencia. La oposición, embrollada en una pelea mezquina con el gobierno, no va a ser muy fácil que acuerde con este –que por otra parte no demuestra gran voluntad de lanzarse por un camino que lo complique aun más de lo que está- las políticas de Estado que son necesarias para proceder en ese sentido.
El comienzo de las actividades británicas de prospección en gran escala en el área Malvinas, la puntualización por The Observer en el sentido de remilitarizar la zona, las afirmaciones de Gordon Brown acerca de la soberanía británica sobre las “Falkland”, son parte del mismo envite que el proyecto globalizador allega a zonas como el Asia central, los Balcanes y las fronteras rusas con Ucrania y las repúblicas caucásicas. Es parte de una ofensiva general que, a pesar de la crisis que sacude a los mercados, no puede renunciar a sus objetivos, pues solo en el movimiento puede encontrar un equilibrio. Si se detiene, el sistema se cae. Habrá que esperar, por lo tanto, nuevas y más inquietantes sorpresas para el futuro próximo.
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Fuente: Reseau Voltaire.
Federico Bernal: La clave está en Caracas, Le Monde Diplomatique, enero de 2010.
http://www.enriquelacolla.com
martes, 28 de septiembre de 2010
Política Latinoamericana - Un salto cualitativo
Un salto cualitativo
Más allá de las turbulencias de una política nacional confinada por la oposición a un juego de masacre, América Latina acaba de dar un paso muy importante en la vía que lleva a su unidad.
Estos son días de confusión en el ámbito de la política nacional. Esto no es ninguna novedad. Pero lo que diferencia a este momento de otros instantes del turbio discurrir político de nuestro país es el grado de irritabilidad y la extrema tensión que exhiben los sectores en pugna. Los ímpetus destituyentes del conglomerado en que se alinea la oposición no tienen otro factor que los acomune que el deseo de trabar las iniciativas gubernamentales, más allá de cualquier evaluación de estas. Para poner un ejemplo: la actitud del Senado convocando con 45 minutos de antelación a la designada presidente del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont, que violó todos los plazos reglamentarios y se salteó el debate. Asimismo, la decisión inicial de rechazar el pliego de la nueva titular del Banco sin darle oportunidad siquiera de hacer uso de la palabra redobló la arbitrariedad y la insolencia de lo que podría denominar “el frente del rechazo”. Nucleamiento que, en el fondo, y por el simple peso de los datos objetivos que da la relación de fuerzas dentro del arco opositor, es expresivo del poderío de los sectores vinculados a la ortodoxia económica de cuño neoliberal. ¿O pueden los personeros de la izquierda, que guardaron un silencio cómplice ante el procedimiento inquisitorial del Senado contra Marcó del Pont, suponer que los sectores postergados a los que dicen representar van a salir favorecidos con este bloqueo?
Es cierto que el tema de la utilización de las reservas para servir los intereses de la deuda en gran parte ilegítima que nos abruma es una cuestión espinosa, pero pasa en primer término por un dilema de hierro: pagar con esos fondos –que según todos los cálculos serán compensados con creces al finalizar el año fiscal y con el ingreso de las divisas provenientes de la exportación- o pagar con ajuste. Esto es, con un retorno a las políticas de Cavallo, Menem o De la Rúa.
La otra opción, no pagar en absoluto, es inviable en el marco de las relaciones de fuerza internacionales. Con todo, ello no debería obstar para auditar, investigar a fondo y de una vez por todas la gigantesca trampa en que el país fue sumido a partir de los tiempos de la dictadura, preparando así el terreno para un eventual desconocimiento de los montos ilegítimos de la deuda cuando Argentina pueda ser acompañada en esa actitud por una solidaridad regional que todavía no está madura.
El gobierno nacional tampoco se ha distinguido por su prudencia y por su sentido de las proporciones en la áspera pelea que viene sosteniendo contra el frente opositor. El discurso presidencial arremetiendo contra el Poder Judicial como un bloque no ayudó a facilitar las cosas en un momento en que la relación de fuerzas en el Parlamento es desfavorable al gobierno y en que vastos sectores de la opinión, básicamente de clase media, aparecen como permeables al discurso de los monopolios mediáticos, empeñados en una ofensiva que apunta a un golpe institucional con sabor a vendetta y que expresa asimismo los intereses del establishment oligárquico y financiero. Un poco más de astucia no habría venido mal. De cualquier modo es preferible la actitud de Cristina Fernández, que pone de manifiesto su voluntad de no arredrarse frente a la ofensiva sino de contraatacar con fuerza, a una postura débil y timorata. Pero la cosa tendría más sentido si el gobierno estuviera dispuesto a movilizar masivamente a una base social (presunta) contra el lobby judicial, político y eclesiástico que hoy se esfuerza en ponerle bastones en las ruedas. Empero, no hay señales evidentes de que eso vaya (o pueda) suceder y esa incógnita siembra la duda incluso entre quienes no verían con desagrado rumbo de colisión más directo todavía.
Por supuesto, importa diferenciar entre el oficialismo, que cuenta con un proyecto coherente, renovador hasta cierto punto, que está unificado y dispone de una conducción precisa, y el batiburrillo opositor, donde se codean los exponentes de lo peor que tuvo que soportar el país en su larga historia, con grupos de izquierda y con remanentes rescatables de un partido que fue capaz de encarnar unas legítimas aspiraciones nacionales en algún período de su trayecto, como lo fuera el radicalismo. Ahora bien, lo que se ventila en esta puja es la gobernabilidad de aquí al 2011 y, en consecuencia, la posibilidad de mantener un rumbo similar o superior al adoptado a partir del 2003, o volver a las prácticas neoliberales, que proponen con una terquedad digna de mejor causa la subordinación del país al diktat de los organismos internacionales de crédito y, como inexorable consecuencia, al ajuste perpetuo.
El dilema está claro. Sólo el poder hipnótico de los mass media y la ignorancia y despolitización que el lavado de cerebro que estos han fomentado a lo largo de décadas en amplias capas de la opinión, pueden perturbar el juicio de esta y volcarla a un voto suicida, no sólo para el país en general, sino también para muchos de los que protestan contra el estado de cosas sin haber elaborado un juicio cierto acerca de sus características y ostentando una fabulosa falta de memoria respecto de lo acontecido en nuestro pasado reciente.
El seguimiento del curso que está tomando la realidad política en el plano interno no debería sin embargo hacer perder de vista algunos hechos relevantes que se han producido en estas semanas, que nos afectan y que, con seguridad, van a tomar un relieve mucho más evidente a medida que pase el tiempo y se disipen los malos vapores que emanan del caldero de la política pequeña y de los recocinados intereses de los grupos dominantes.
Un paso adelante
Por ejemplo, la reciente cumbre presidencial de Cancún, que dio a luz a un nuevo organismo: la Comunidad de Naciones de América Latina y el Caribe. Su destino, como el de todas las cosas cuando nacen, es aun incierto, pero la determinación de fundarla es un salto cualitativo muy grande respecto de lo que hasta ahora han sido las relaciones entre los países que se extienden al sur del Río Bravo.
La unidad de América Latina es una posibilidad abonada por la cultura y la historia, pero de ninguna manera es una fatalidad, una perspectiva irrevocable. Obtenerla costará esfuerzos y tal vez grandes sacrificios. Desde el nacimiento de los países cuya independencia se festeja en este Bicentenario, su destino se encontró a la sombra de los imperialismos. Gran Bretaña primero y, después, en forma gradual pero aplastante, Estados Unidos, ejercieron un derecho de pernada sobre las sociedades nucleadas en torno de unas ciudades portuarias que se convirtieron en el punto organizador de unas “naciones” vueltas del revés, olvidadas de su propio desarrollo y orientadas en la dirección que les marcaba su comercio externo; lo que les supuso un crecimiento contrahecho y dependiente. Menudearon las intervenciones, presiones y golpes de estado para mantenerlas en esa situación, piloteados o alentados por el imperialismo. En algunas ocasiones esos operativos se transformaron en actos de piratería lisa y llana que se adueñaron de porciones importantísimas de territorio. El caso de México es ilustrativo en este sentido. Al final de la guerra de 1846-47, provocada por Estados Unidos, hubo de ceder el 51 por ciento de su superficie, hoy convertida en los estados de California, Nuevo México, Arizona y Texas. La invención de Panamá, arrancado a Colombia por golpe secesionista promovido por Estados Unidos a los fines de controlar la zona y construir en ella el estratégico canal interoceánico, fue en 1903 otro ejemplo de la indefensión de estos países. Para rematar podemos apelar al fresco recuerdo de la guerra de Malvinas, en 1982, cuando un poder extracontinental reafirmó militarmente su usurpación del archipiélago con el apoyo explícito y práctico de Estados Unidos, sin el cual la guerra pudo haber tenido un final muy diferente al que tuvo.
En apariencia se trata de un desarrollo paradójico, puesto que, junto a estas tropelías, Estados Unidos siempre adujo tutelar la libertad y la democracia de nuestras naciones. Desde luego, esto es una simple paparrucha, una mentira evidente que los sectores dominantes de estos países –que viven en estrecha simbiosis con el sistema de poder global- no se tragan pero que admiten con cínica benevolencia. Ella ha fungido como vaselina mediática para agilizar el tránsito de los lugares comunes que generan el ámbito de irrealidad en el cual nos movemos y donde tan difícil se hace promover iniciativas nacionales dotadas de asidero.
Desde un principio todas las doctrinas elaboradas por Estados Unidos respecto de Latinoamérica estuvieron inspiradas por la inserción de esta como parte subordinada al “destino manifiesto” del país del Norte. La doctrina Monroe (América para los americanos) transparentó esta proposición, toda vez que, para la comprensión corriente del pueblo estadounidense, por americanos se entiende a los nativos de su nación. El discurso se refinó andando el tiempo, pero todos los instrumentos que surgieron con el aliento de Washington para servir a la organización del hemisferio estuvieron siempre signados con la misma marca. La Unión Panamericana creada en 1910 en la IV Conferencia Interamericana, y la Organización de Estados Americanos (OEA) que la reemplazó en 1948, fueron siempre instrumentos del Departamento de Estado. La política del “buen vecino” acuñada por Franklin Roosevelt en los años ’30 no fue óbice para las intervenciones en Centroamérica y para la feroz hostilidad desatada contra Argentina cuando esta se aferró a una política neutralista durante la segunda guerra mundial. Este último episodio estuvo connotado en 1944 por un intento de parte de Washington en el sentido de fomentar una guerra en la Cuenca del Plata, usando a Brasil como ariete contra nuestro país. La escuadra del Atlántico Sur se aproximó a Buenos Aires con fines amedrentadores y su jefe el almirante Jonas H. Ingram propuso inclusive atacar a la ciudad con los 200 aviones que tenía a su disposición. Si la presión de Estados Unidos fracasó en ese momento se debió a la firme voluntad del presidente brasileño Getulio Vargas de no conformarse en jugar el papel de títere de Washington y a su decisión de no involucrarse en ninguna agresión contra Argentina. Otro factor que pesó decisivamente para que el ataque no se concretase fue la nula disposición británica a prestar su aprobación, pues Londres no quería comprometer su principal fuente de abastecimiento alimentario y era bien consciente de que, detrás de la maniobra estadounidense, estaba el interés no sólo de castigar la “arrogancia” nacionalista de Argentina, sino de apropiarse de las cuantiosas inversiones alemanas en nuestro país y, sobre todo, el de desalojar a Gran Bretaña del lugar privilegiado que tenía en el plano de las relaciones económicas con Argentina, último retazo del Imperio en América del Sur. (1)
Así pues, la presencia de Estados Unidos en organismos que dicen representar los intereses del conjunto de los países del hemisferio es un despropósito, ha sido viable tan solo por la debilidad que durante tanto tiempo ha caracterizado a las cancillerías latinoamericanas. Ahora, cuando la devastación producida por las políticas de Consenso de Washington ha promovido una reacción profunda, dando lugar al surgimiento de varios gobiernos populares que sienten la globalización como una trampa, la supervivencia de esas vetustas políticas y la existencia de organismos como la OEA, que no son otra cosa que sinecuras para ociosos diplomáticos, resultan no digamos intolerables, pero sí investidos de una superfluidad que debe ser extirpada. Tal vez sin hacer desaparecer a esos paquidermos en un primer momento, pero sí generando otros organismos que estén vivos y que se ocupen de los asuntos que realmente importan a la región. La UNASUR y el MERCOSUR son dos herramientas muy válidas en este sentido, pero se mantienen en el territorio de Suramérica, mientras que la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños no sólo incluye a Cuba y varios miniestados isleños hasta ahora vinculados a Gran Bretaña y otras potencias europeas, sino que inserta a México, con sus más de 100 millones de habitantes, como protagonista de primer nivel en la resolución de los destinos del continente. La no inclusión en el nuevo organismo de Estados Unidos y Canadá da relieve a esta voluntad autonomista.
El protagonismo que puede tener México en la Comunidad recién forjada replantea un tema no bien dilucidado todavía pero de extrema importancia. ¿Hay que pensar en Suramérica o en Latinoamérica como entidad conjunta? Desde el punto de vista de la practicidad y de los intereses inmediatos parecería que el primer conglomerado sería más manejable. Sin embargo, ello implicaría renunciar a un segmento capital de la abigarrada esencia cultural de Latinoamérica, amén de otorgar a Brasil un papel desproporcionadamente prominente como cabeza del proceso de integración. En la perspectiva brasileña México había sido confinado con cierta ligereza a una pertenencia norte-americana que de alguna manera significaba la definitiva reducción de ese país a un rol subordinado a Estados Unidos. Por el contrario, el gobierno de Felipe Calderón, al revés de lo que sucedía con el de Vicente Fox, está buscando reducir su dependencia económica y política de Washington y explorando una política latinoamericana provista de una dimensión económica, política y cultural. Este es un dato de gran importancia que conviene no echar en saco roto.
Como se ve, más allá del estrépito vacío de la política local, el mundo se mueve. Lo que importa es que los desórdenes que nos afligen no hagan perder de vista las pulsiones que recorren a Latinoamérica. Que los árboles no nos tapen el bosque.
1) Para una relación circunstanciada de estos desarrollos, consultar el libro de Luiz Alberto Moniz Bandeira: Argentina, Brasil y Estados Unidos. De la Triple Alianza al Mercosur, páginas de 179 a 187. Editorial Norma, Buenos Aires, 2004.
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